Crónica // The Tallest Man On Earth / Joy Eslava

the_tallest_man_on_earth
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Una ola de polvo de desierto, como enturbiándolo todo. Una cortina de arena en la garganta, una oscuridad y una voz a trasluz. Un rozar de cuerdas vocales que se te mete en los ojos, molesta, pica y te hace resbalar lágrimas enanas, lágrimas que han sido humilladas una y mil veces por no tener una razón tangible. Provocadas por esa voz que cae como una tormenta de arena, que azota como un viento salpicado de minúsculos granos de dolor. Un esperar la mañana o al menos la luz. Un acurrucarse del ánimo, mientras fuera golpea la voz inolvidable del hombre más alto del mundo.

Y cuando llega la claridad el despertar es neutro. Fuera de la tienda hay un concierto y el hombre más alto del mundo se agacha para llegar al micrófono. Un ejército de móviles le enfoca, quieren captar su imagen, su aura, su hipnótico magnetismo pero no hay manera. Es demasiado grande para las pantallas. Ni siquiera de un solo golpe de vista se le puede alcanzar. Va de un lado al otro manejando con hilos invisibles todos los ojos, todas las cabezas, como si la pelota de un partido de tenis se pusiera a cantar captando toda la atención de la audiencia y las raquetas perdieran toda la importancia.

El hombre más alto del mundo tiene una silla para llorar. En mitad de su nada, una pequeña silla de mimbre que sirve para soltar las penas. Pero él apenas se sienta. La roza, acaso. No es él quien llora. Lloro yo, doblado y sin aliento, resbalando lágrimas sutiles como lluvia de otoño. Y no hace falta abrir la boca para llorar, solo hay que tararear los compases de las historias que él nos cuenta. Y cuando llega el desahogo se hace ostensible que todo el mundo ha guardado su móvil y se ha sentado en la silla a llorar. Porque las historias del hombre más alto del mundo se cuelan en todas las cabezas, como infinitas raíces de árboles frugales.

Pero él no llora, no. Él mantiene la sonrisa alta, tan alta como nadie más puede llegar. Y sin embargo sangra en cada nota, en cada acorde. Y la felicidad de sus gestos contrasta con la profundidad de su voz. Como si dos clientes cogieran el mismo taxi para llegar a dos destinos diferentes. Parecen dos personas distintas utilizando un mismo cuerpo. Un cuerpo, por necesidad, cada vez más grande. Cada vez más alto, como su sonrisa.

Hay un caer del sol y un regreso del frío. El hombre más alto del mundo está cansado pero sigue feliz. Sin embargo hace una excepción. Se extirpa la guitarra, una parte más de su cuerpo y se sienta al piano. Y ahí los cabos son más fáciles de atar. Junto a un objeto abarcable no parece especialmente alto. Más bien le cuesta llegar hasta las notas de los extremos, las más agudas y las más graves. Como un niño tratando de llegar a la sal por encima de toda la mesa. Todo es mentira entonces. Una luz de verdad ilumina el sueño y lo enturbia. Pero al tocar las teclas adecuadas y elevar la voz como si no tuviera miedo de nada, las proporciones se distorsionan y el sueño crece de nuevo. Y en las retinas el piano se hace infinito como la línea del horizonte. Y sus palabras rebotan tan alto y tantas y tantas veces dentro de las cabezas de tanta gente que es fácil pensar que su voz viene desde el mismo cielo. Y así nos convencemos de que no hay un lugar al que no pueda llegar… porque él, sin duda, es el hombre más alto del mundo.

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