Crónica // Nudozurdo / Teatros del Canal

nudozurdo_cronica
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Dejamos a nuestro héroe saliendo por su propio pie de la batalla. El polvo aún no se ha posado a su alrededor cuando él ya ha desaparecido casi por completo, caminando al paso de su propia guitarra, ahora solitaria. Así que corremos todos tras él, curiosos. Reaparece al otro lado del drama, en un lugar extraño, silencioso y lleno de sillas. Y sin embargo hay un ambiente de victoria moral en la derrota. Un viento de violín y violonchelo acompañando su marcha. A veces le tiembla un paso, amenaza la debilidad y él se queda solo, colgado de un hilo, pendiente de una nota, de una cuerda de su guitarra. Pero después mira hacia adelante con la seguridad de quien sabe que no hay caída posible y si te despistas te pierdes su sonrisa.

Porque Nudozurdo no está débil. Nunca lo ha estado y si lo ha parecido ahora suena a broma. Y para demostrarlo, de entre los árboles surge su secreto peor guardado. Meta, un bajo prodigioso, con unas espaldas tan anchas como para soportar cualquier locura. Y sobre él y la batería, Leo se ocupa de cazar ideas que vuelan demasiado altas. Las alcanza en su ascendente locura y las comprime y las escupe como emociones en su descendente cordura. Ahora, además, cuenta con un brazo nuevo. Un prodigio de la ortopedia. Útil ya en la caza de estrellas como en la concreción de sentimientos. Liviano y poderoso. Guitarra y teclados en un solo brazo. La mano izquierda de un cuerpo que no se cansa de mutar.

Así pasa con facilidad de las sombras más etéreas a los golpes más rotundos. Y paso a paso Nudozurdo sigue avanzando, escapando del fondo de un pantano oscuro y misterioso como la noche. Sin dejar de mirar al frente. Sin perder de vista el futuro inmediato. Sin olvidar cada paso dado para no volver a pasar otra vez por el mismo punto.

Pero ojo, Nudozurdo no se reinventa. Nudozurdo siempre es igual. El destino no es lo importante, tiene el camino grabado en las venas. Y mientras avanza no hay que perderle de vista porque salpica la vereda de matices y de emociones. No huye de nada, solo sigue caminando en la misma dirección, buscando la siguiente batalla en la que tampoco peleará.

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