Crónica // Sharon Van Etten / Teatro Lara

sharon_van_etten
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Camino por el Teatro Lara como si fuera un parque en mitad de una tarde de principios de otoño. Hay paz e incluso un poco de sueño y cansancio, el día ha sido duro. Un reflejo me golpea directamente en los ojos. Como si un rayo de sol se hubiera escapado del cielo y recorriera ahora este teatro, juguetón, pequeño. Cuando consigo esquivarlo la veo a ella. Es una niña, no tendrá más de quince años. Ha movido su guitarra, pegada siempre a su cintura, hasta deslumbrarme y ahora se ríe. Yo sonrío también y cuando tiene mi atención comienza a cantar. El río de su voz es limpio y dulce y es fácil dejarse arrastrar por su suave corriente. Aunque ya haya algo en el tono que te hace intuir que el viaje va a ser hacia abajo… que al final todo va a acabar en una cascada, en un descenso profundo.

Trata de hablar castellano y tropieza. Y en seguida cientos de manos surgen de la oscuridad para levantarla. Para tirar de las palabras que está buscando hasta ponerla en pie de nuevo. La sonrisa inunda su cara y enternece a quien la mira. No importan sus fallos. Se perdonan sus olvidos y sus retrasos. Sólo hay ojos para sus ojos. Sólo hay atención para lo que ella hace, dice o piensa. Y la niña, la pequeña Sharon, poco a poco empieza a cantarnos su vida. Su terrible pasado y su prometedor presente. Y todo lo hace sin dejar de sonreír. Ya con los labios, ya con la voz, ya con el cuerpo. Una sonrisa tímida pero muy cuidada, que se retuerce alrededor de su talle, como una enredadera.

Pero en cuanto pasan unos minutos me doy cuenta de que no está sola. A su lado está una amiga. Una amiga muy seria. Parece mayor que ella y acaricia con su voz las palabras de Sharon; las rellena en sus partes más blandas y las sujeta en las estrofas de mayor debilidad. Se apoya en ella, Sharon, como un bastón invisible. Y detrás está su hermano mayor, sin quitarle ojo, con otra guitarra o a veces un bajo, cuidando de Sharon, preocupado tanto por su relato como por la felicidad de la pequeña e indefensa niña. Y por si hiciera falta, le acompaña un amigo barbudo, desaliñado, con pinta de tocar la batería y de tener pocos amigos. Así que es toda una banda en el parque y Sharon, a pesar de su aparente debilidad, no está sola.

Ya no. Antes, hace muchos años, cuando realmente era una niña, si que se quedó sola. Alguien le hizo mucho daño y le quebró el corazón. Entonces Sharon lloró y sufrió su soledad. Pero aprendió que si conseguía convertir el dolor en palabras y notas, cada estrofa que le arrancara al sufrimiento, era un paso hacia la salvación. Por eso ahora Sharon juega en el parque del escenario del Teatro Lara. Juega con nosotros sin miedo a quedarse sola. Ahora sabe que la soledad se puede disfrutar. Y que si por algún motivo se pone triste habrá muchos oídos y muchos aplausos dispuestos a devolverle la sonrisa. Y así Sharon llora noche tras noche, pero en realidad Sharon ríe: sabe que ya nunca más estará sola.

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