Crónica // Jack White / La Riviera

jack_white
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

El fabricante de riffs tiene dos bandas: una negra de hombres con corazón y otra blanca de mujeres sin piedad. Y cada noche decide cuál le queda mejor a su cabeza. Tiene también dos guitarras, la blanca de las pedradas acústicas y la negra de las caricias eléctricas. Por tener, el fabricante de riffs tiene hasta dos salones. En uno, tapizado todo de blanco, te recibe, te escucha con calma y te da las soluciones más suicidas para tus propios problemas. Al otro, negro del suelo al techo, te hace pasar después, se tumba él y te cuenta cómo son las adorables caras de sus demonios. Y todo lo hace con punteos como las olas que soñaría un surfista. Golpes en blanco y negro que no sabes de dónde te vienen ni a donde te llevan. Viajes sin corazón pero repletos de alma. Sopapos.

En su salón blanco, el más elegante, el fabricante de riffs se eleva majestuoso y elegante. Y a base de empujones electrificados te va sacando de la calma, como una tormenta de verano que no respeta hogares ni descansos. En el otro, en la oscuridad, su guitarra es divertida como un viejo amigo y una botella de whisky. Allí los de la banda se convierten en compañeros de juerga que se ríen contigo y de ti y te invitan a una copa cuando empiezas a estar cansado y tanto negro abruma. En la otra habitación se transforman en soldados de blanco uniforme, preparados para ejecutarte sin un resquicio de piedad a la mínima orden de su capitán.

El fabricante de riffs tiene dos caras pero un solo concierto. Y sus dos caras no se separan jamás ni es posible verlas por separado. Están ahí, si te fijas están ahí. Una al lado de la otra, sí, muy cerca, pero en cuanto pierdes la concentración se vuelven a difuminar y la frontera desaparece hundida en sudor y energía. Y así, siempre rozándose a sí mismo, siempre cerca de él, el fabricante de riffs te lanza sus demonios más blancos, mientras con toda la negrura de su alma te cuida y te mece con sus desgracias hasta dejarte exhausto. Y para lograrlo es capaz de todo. Se aferra al mástil de su guitarra como si fuera el palo mayor ante la tormenta perfecta y va de acá para allá hasta convencernos a todos de que no puede haber nada mejor que naufragar a su lado.

El fabricante de riffs sólo necesita una guitarra. Y cuando no la tiene es capaz de puntear hasta en un teclado. Y los músicos a su alrededor se convierten en fantasmas, en soldados, en demonios y en médicos. Y curan e infectan y matan y asustan, pero siempre siguen el ritmo que marca el fabricante de riffs. Y si la cosa decae, si un par de personas empiezan a pensar que igual es mejor ir saliendo ya, no vaya a haber demasiado follón a la salida, entonces baja al taller donde guarda las reliquias y sube con el séptimo de caballería, no hace prisioneros y convierte las visitas en cadáveres felices. Él siempre vuelve a la carga, no se detiene a contar las bajas, salvaje y amable, muy blanco y muy negro, pero nunca quieto y nunca, nunca gris.

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