Crónica // Alabama Shakes / Sala El Sol

alabama_shakes
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

-Toma, fuma –dice.

No gracias, ya no fumo, digo.

-¡Fuma, coño! No está la vida como para no fumar.

Me alcanza un cigarro y deja el paquete sobre la mesa con fuerza, como si aprovechara para pegar un golpe, para dejar claro que aquí se viene a escuchar, no a rebatir.

–Sólo tienes que fijarte en lo que hay por ahí fuera, la que nos está cayendo. Y tú empeñado en dejar de fumar. Estás loco. Lo que hay que hacer es fumar. A ver si el humo le llega al señor a los ojos y llora y nos escucha. Porque como se le ocurra no escucharnos la vamos a montar. Ya está bien de que nos traten como borregos. Ya está bien de creer que caminamos cada uno por un camino distinto. Estamos todos en la misma calle, esquivando los mismos golpes y cada vez vienen más. Así que como no los soportemos entre todos, apaga y vámonos.

Ella no fuma pero se enciende con facilidad, convirtiendo toda su feminidad en un arranque masculino, mutando dulces agudos en salvajes bajadas de tono, a punto de convertirse en hombre. A punto de convertirse en un granadino indignado. O mejor, en un gaditano. Con gracia, con carisma. Ligando de un modo invisible y definitivo los dos sures. El suyo repleto de raza y orgullo. El nuestro de alegría y luz. Los dos de sentimiento.

-Haremos lo que podamos. Nosotros podemos tocar. Podemos cantar. Podemos contarle historias a la gente y que la gente se las crea. Y el que pueda hacer otra cosa que la haga. Pero no hemos venido aquí a llorar. Hemos venido a divertirnos. Y que no piensen que nuestra alegría es sumisión. No. Esto no funciona así.

Gesticula, se contonea, sus gafas se escurren hasta la punta de su nariz dejando al descubierto dos ojos pequeños, de animal curioso. Después las empuja con un rápido movimiento de su mano derecha y las vuelve a colocar en su sitio. La gente sonríe a su alrededor, es más feliz. A veces parece que de alegría e intensidad ella misma va a explotar. Entonces trapecistas suicidas se cuelgan de sus cuerdas vocales, jugándose la vida de la manera más noble y el mundo entero se estremece, se encoge la esfera y los días parecen más largos. Y las noches eternas. Pero sólo es el efecto de su voz.

-Es una lucha sin armas. Sin armas de fuego al menos. Porque nuestras armas son más poderosas. Son armas de amor. Son esas armas por las que sabes que quien está a tu lado siente exactamente lo mismo que tú. Y cada paso que das sabes que irá seguido del paso de cientos, de miles de personas. Y caminando todos a una no habrá quien nos detenga. Y ya está bien de hablar. Tengo hambre.

Se gira y le grita al camarero, aunque él, como todos, no le había quitado ojo ni un solo segundo. Pide comida para toda la banda que, invisibles, han estado remarcando cada coma de su perorata. Acentuando sus silencios, desapareciendo en sus solos.

-¿Y de beber? –pregunta el camarero.

-De beber… Neil Young.

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