Crónica // Zoé / Joy Eslava

zoe
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Sale de su casa muy peripuesto. Los ojos de águila ratonera, escudriñan las calles. La gente le mira a su paso, por supuesto. Atrae, busca las miradas. Cuando toda la atención del lugar está en él se detiene en mitad de la plaza. Su sombrero hongo calado hasta las cejas, la mirada esquiva. Su traje de cuadros parece hincharse hasta que, de repente, todo él estalla como en un cuadro impresionista, esparciendo pinceladas de color por el aire, expandiéndose electrificado.

Trata de ampliar su espectro, de captar más seguidores llevando cada partícula, cada punto de color, más lejos aún, más alto. Pero las partículas, por sí solas, no son capaces de generar tanta atención. Así que se rinde y vuelve a condensarse. Se materializa de nuevo el hombre. Todo pose. A su alrededor se arremolinan un grupo de fans que han venido desde el futuro. El tiempo le convertirá en genio, aseguran. Y por eso han viajado, para conocer los creativos orígenes de quien será alguien el día de mañana.

Sin embargo toda esa atención generada se vuelve en su contra. Los nuevos miramos sin llegar a entender del todo de dónde sale todo este fanatismo. Hay adoración en primera línea de Zoé, pero recelo al final del pueblo.

Él camina por la ciudad. Se contonea. El bastón de puño de hueso golpea rítmicamente el adoquinado. Sonríe, abraza, toca, acaricia, pero todo forma parte de un guion demasiado redondo. Las madres han venido a verle, los niños quieren ser como él. Pero los padres dudan, no lo tienen nada claro. Parece un yerno perfecto, un perfecto hijo de perra. Él amenaza con hacer de nuevo el truco del personaje impresionista pero decide guardárselo. Tiene que perfeccionarlo. Toca con dos dedos el ala corta de su sombrero y se esconde de nuevo en casa.

Al cerrar la puerta se quita la trascendencia que le da el óleo y se convierte en un músico sin pose. Sencillo, noble, desnudo. Inseguro. Sabe que tiene que trabajar todavía mucho. Que hay muchas cosas que mejorar. Sentado en su estudio, escucha desde fuera los gritos de la gente, esperando de nuevo su salida. Al músico se le dibuja una sonrisa, su cuerpo engorda y un traje de cuadros comienza a pintarse sobre su escuálido cuerpo. El óleo crece y se abomba… sin embargo el músico sigue siendo pequeño. Pero no, tiene que trabajar. Por eso se golpea levemente la cabeza y los brazos, tratando de sacarse de encima toda esa pintura. Tratando de rescatar la esencia de lo que le ha hecho llegar hasta ahí. Que quieras que no, ya es bastante más lejos de donde han llegado muchos.

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