Crónica // Mishima / Sala Galileo Galilei

mishima
Crónica especial para el periódico Club de Música por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Después de cenar nos sentamos en el porche. Con el perro a nuestros pies, adormilado, cada día observamos al cielo cambiar de color hasta que termina por convertirse en noche. La de hoy parece especial, tiene el aroma de las tardes de verano que se resisten a ser olvidadas. Un par de cervezas y algo de frutos secos. Cacahuetes y galletitas saladas para el perro, que mastica en silencio con los ojos entornados. Al fondo, por detrás del terreno sembrado de césped rústico, cruza el horizonte una pequeña carretera que lleva a la gente hacia alguna parte. Por allí, recortados ante el sol que se lanza de cabeza, caminan las siluetas de cinco tipos, tan tranquilos que ni siquiera somos conscientes de cuándo aparecieron.

Nosotros, que jamás apartamos la vista de ese camino, disfrutamos escuchando al cielo cuando habla. Y ahora sus truenos son agradables. Graves y rotundos, se abrazan a las luces de los relámpagos para formar una voz única, que te acaricia la frente mientras se va ahondando su vieja herida. Y las nubes se agrupan como colegiales ante una pelea de patio y el viento se levanta. Y sin embargo las ropas de los cinco que caminan, allá, a lo lejos, no se mueven, parecen ajenas a la tormenta de verano que se presenta.

El agua señala un punto en la arena y rápidamente otro y cien más en pocos segundos. La lluvia comienza a mojar el paisaje y los cuerpos de nuestros cinco caminantes se diluyen con su constancia. Pero aquí, sentado en el porche, el agua no me alcanza. Quizá, si corriera desnudo por sus canciones terminaría arrastrado por su fuerza y su puntería. Parece un buen plan, pero ya estoy demasiado viejo para convertirme en uno chaval imprudente y divertido.

Así que la tormenta asiente. Y asume que tiene que hacer un esfuerzo para llevarnos por delante. Los relámpagos parecen dedos nerviosos correteando sobre la caja de una batería. Seis manos en un teclado anuncian tormenta. La tarde se va animando y coge cuerpo la noche. El cielo se oscurece y se condensa y comienza a gotear, levemente, en el suelo del porche. Los cuerpos de los cinco chicos, convertidos ya en parte del breve cosmos que abarca nuestra mirada, han desaparecido. Y sin embargo están ahí, formando parte de la tempestad preñada de sus sombras.

El viento acepta el reto. Cambia la marcha e imprime el ritmo de salida. La tormenta coge cuerpo y sus últimos estertores nos azotan de frente. El agua nos moja la cara y nos arranca sonrisas que vuelan por todo el porche hasta caer fuera, lejos, en mitad de la noche. Hasta el perro se levanta y ladra al cielo, contento por el espectáculo. Uno de los chicos se eleva sobre una corriente de aplausos hasta alcanzar una de mis sonrisas, clavada en el firmamento de azabache. Pero la herida que se abre en el cielo presagia la mañana. Los cuerpos se materializan. Corren las gotas negras a esconderse en las nubes. Se calma el perro y el viento. Y nuestros ánimos van encontrando la serenidad, empapados, convertidos, en esencia, en un maleable tros de fang.

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