Crónica // A Place To Bury Strangers / Sala El Sol

a_place_to_bury_strangers
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

A veces me sacan de quicio estos desplazamientos en carruaje. De verdad, no sé cómo la gente es capaz de soportar el traqueteo, las medias bajándose constantemente, la peluca en la cara una y otra vez. Por no hablar del engorro del barro y los charcos de la lluvia. Si por mí fuera me quedaría en mi palacete. Pero a este concierto hay que ir. No se habla de otra cosa en toda Europa. De esta nueva orquesta de cámara que entierra la música del pasado.

A la entrada del Palacio la expectación es máxima. Las mujeres cuchichean en corros de risas, escondidas tras sus máscaras de fiesta. Y yo no puedo evitar echarle un ojo a los extraños instrumentos que descansan en el rincón del salón. Guitarras demasiado estrechas, unidas por una cuerda a una curiosa caja con rejilla, como una chimenea portátil. Y un enorme conjunto de tambores y timbales. A la mayoría de nosotros ya no nos queda paciencia. Pero en seguida todo se acelera. Los sirvientes cierras las contraventanas. La gente comienza a ocupar sus asientos. El arrullo de los murmullos del salón se va posando sobre el silencio como una sábana de lino en un colchón de plumas. Se oyen toses, correr de sillas, los pajes que se alejan, las puertas se cierran. Los pasos de los músicos. La tensión del momento. El silencio.

Una hora y media después la revolución ya había estallado.

La falta de luz se unió al polvo de melaza y cuando comenzaron a tocar estábamos todos como embriagados. Buscando entre las sombras las caras de aquellos tres músicos que, seamos sinceros, nos causaban cierto pavor en un principio. No es esta una corte cualquiera y ya hemos visto de todo como para desmayarnos ahora ante cualquier novedad. Pero esto no era rompedor. No era distinto. Era incómodo y a la vez hipnótico y por la misma razón, tímidamente aterrador. Oíamos una voz demasiado profunda sin saber de dónde salía. Un ruido molesto que tomaba sentido dentro de nuestras cabezas y al poco de iniciarse el concierto comenzamos a cruzar miradas de consternación. Fue lo último que pudimos hacer.

Incapaz de más movimientos, cerré los ojos. Notaba cómo mi peluca se clavaba en el cerebro, comencé a sangrar aunque no notaba la sangre. Sólo sentía resbalar el polvo descolorido de mi rostro. No tenía valor para observar el salón, pero me parecía como si luces realmente potentes se estuviesen encendiendo y apagando constantemente. Acelerando mi pulso y clavando en mi carne las cómodas vestimentas que ahora sentía encorsetar mi cuerpo. En la última mirada que fui capaz de echar al salón, sólo vi a tres tipos empuñando armas como si fueran instrumentos. Temblé. Quise alertar a la gente a mi alrededor, pero ya era demasiado tarde. Fuimos incapaces de huir, a pesar de que las puertas estaban a escasos metros de nuestros pies inertes.

Entonces se aceleró la música, un crescendo que a muchos nos puso de pie y nos hizo dar un paso atrás. Dudo que nadie pudiera tener entonces los ojos abiertos. La luz que salía de ninguna parte se convirtió en una ráfaga de artilleros, tan constante que todo parecía estar en penumbra y a la vez iluminado. Entonces ocurrió. Por debajo del ruido que abrasaba nuestros corazones se distinguió un sonido aún más aterrador. Un chasquido de un látigo metálico, el romper de un cable tensado, una hoja afilada cayendo con fuerza sobre nuestros cuellos. El final del mundo que conocíamos.

La música cesó de golpe. Abrimos los ojos y no fue fácil comprender. Yo fui capaz de verme ahí, parado, de pie ante mi butaca, con los brazos colgando estúpidamente a lo largo de mi cuerpo, antes de chocar con la frente contra el suelo. Y vi más cabezas a mi alrededor, cayendo y rebotando en el mármol del salón. Sonriendo. Tal y como hacía yo.

Fue complicado también decidir de quién era cada cabeza. La confusión fue grande pero nadie abrió la boca. Lentamente cada uno se llevó una, aunque no sé si eran las mismas con las que entramos. Supongo que no. Supongo que ya nunca serán las mismas. Las puertas se abrieron aunque quizá nunca se habían cerrado y con pasos extraviados salimos a la calle.

La lluvia sigue aquí, como si nada hubiera ocurrido. Al igual que los carruajes. Pero ya da igual. Caminamos. Empapados. Que el agua borre los talcos, las telas y desbarate nuestras pelucas deformadas. Quizá tenga que ser la lluvia, al fin, la que nos haga libres.

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