Crónica // McEnroe / Joy eslava

mcenroe_cronica
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Le da un ataque de risa. Se dobla, se agarra la barriga y tiene que dejar la cerveza sobre la barra para no tirársela encima a sus amigos. Llora. Se apoya en Carlos para recuperar un poco aliento y posición, pero para recuperar la compostura decide ir al baño. Se lava la cara todavía sonriendo pero al levantar la cabeza no reconoce la expresión que ve en el espejo. Parpadea, se quita el agua de los ojos y se mira con detenimiento. Es su rostro, sí. Su barba, su flequillo, su nariz y sin embargo su mirada no expresa lo que él siente. Al otro lado del espejo las lágrimas no parece que sean de risa.

Vuelve al bar, con su cuadrilla, un poco confuso. Durante unos minutos vigila las reacciones de los que mejor le conocen, buscando algún indicio de lo que él mismo ha podido observar ante el espejo. Nadie parece notar la menor diferencia. La conversación continúa al mismo ritmo de humor barato y cañas. Sin embargo él ya no siente que sea el mismo. Ha visto el otro lado de la felicidad. Ese universo paralelo que te vigila, que escucha tus risas pero que no es capaz de tocarlas. La cara McEnroe.

Se bebe lo que le queda de cerveza de un trago y pide rápidamente otra ronda. Vuelve a dejarse llevar por los chistes y se refugia en la mirada de Clara, donde siempre se ha sentido feliz. Pero entre las voces del bar, los ruidos de vasos chocando con la barra, la televisión a todo volumen, escucha un lamento lejano. Un canto bajo y respetuoso que se mantiene al otro lado pero que él es capaz de escuchar sin problemas. Un coro que levemente, sin pretenderlo, va creciendo, convirtiendo la voz temblorosa en un chorro difícil de ocultar, que alcanza y empuja la delgada película que separa su mundo del nuestro. Y se sorprende al darse cuenta de que nadie a su alrededor es capaz de oír ese grito. No entiende cómo la gente puede seguir con su vida con tanto dolor yaciendo a unos escasos milímetros imaginarios.

Se asusta y se preocupa. Está tentado de volver al baño a observar su imagen con detenimiento pero decide no hacerlo. Tiene curiosidad. Le presta atención a las voces del otro lado y escucha lo que le dicen. Y poco a poco el bar a su alrededor empieza a desaparecer, porque en seguida reconoce las historias que escucha. Sus propias historias. Esas voces cuentan (cantan) lo que pasó por su cabeza aquellos veranos en El Palmar. O lo que sintió al romper con su ex pareja. Todo lo que pensó pero no dijo. Y entonces se descubre a sí mismo reflejado en la imagen que refleja el espejo. Y se calma.

Sale del pozo con una sonrisa de oreja a oreja, como si viniera de visitar a un viejo amigo. Y nadie a su alrededor se ha dado cuenta. Entra en las bromas al ritmo de un bajo alegre, como si jamás hubiera desaparecido. Como si no viniera de las profundidades de las que acaba de surgir. Está tranquilo, todo le hace gracia. La vida es divertida. Ahora sabe que, al otro lado, alguien se encarga de sacar lo que él es incapaz de hacer salir. Y que, además, lo hace en forma de canciones.

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