Crónica // We Are Standard / Joy Eslava

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Crónica especial para el periódico Club de Música por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Se abre el abismo en nuestras calles. Llueve fuego sobre nuestras cabezas. Enormes platillos volantes acechan nuestro cielo. Surgen olas devastadoras desde nuestros océanos. Simios cabreados destrozan las rejas de nuestros zoos y putrefactos muertos vivientes levantan la tierra de nuestros cementerios. Mortales virus infectan nuestro aire. Despiadados tiranos están ya rozando el botón rojo. Y sí, por supuesto, todos nuestros políticos están tratando de salvar su propio culo dejando, por tanto, el nuestro al aire. No nos hemos visto en otra, caballeros: habrá que bailar.

Por eso hay cinco tipos dejándose la vida en lo alto de este Titanic en el que vivimos. Prendiéndole fuego a nuestras plantas de los pies. Como si les fuera la vida en ello porque, de una manera o de otra, la vida se escapa en cada paso de baile. Y por eso hay tanta alegría en el ambiente. Porque disfrutamos de cada instante como si fuera el último.

Y han venido con todo, estos chicos. Con dos baterías, su sección de vientos del apocalipsis y con tres coristas como jinetes. Dispuestos a aniquilar a quien se quede quieto. Poniendo fin a todo lo que no se mueva. Y predicando ellos con el ejemplo, por supuesto. Bailan tanto que incluso parece imposible que el micrófono se quede quieto.

Sus melodías son toboganes con la gravedad al revés. El final de cada tema lleva implícita la alegría del comienzo del siguiente. Y la gente salta por entre las cuerdas del bajo: el camino marcado por el que nadie camina pero alrededor del que todos correteamos. Hay romances colgados de cada nota que sale del teclado y tormentas de verano empapando los golpes de la batería. Y la voz y las guitarras generan un debate enloquecido, tan divertido como inesperado. Todo demasiado fácil, todo excesivamente natural. Nadie sufre. Nadie ignora el sufrimiento que debería de haber en un momento como este. Pero a fin de cuentas, nadie es capaz de no mover la cabeza ni de dejar de sonreír.

Y en la huida hacia adelante hay tiempo para echar la vista atrás. Y para engancharse a la parte más adictiva de nuestro pasado. A aquellos años sesenta en los que se empezaba a ver un poco de todo este desastre. Un negro futuro vestido con ropas de colores y felicidad absoluta. Y Lou Reed esperaba a un tipo, exactamente igual que ahora todos nosotros esperamos alborozados a que alguien le ponga fin a esta fiesta continua, llena de dolor, en la que vivimos.

Caen bombas y parece confeti. El ataque de los zombis caníbales son sólo abrazos de amigos. Las luces de las naves que nos aniquilarán marcan simplemente locales a los que ir. Las olas gigantes sólo pretenden acercarnos la playa. Meteoritos de todos los rincones del universo nos acechan porque no quieren perderse la fiesta. Y cuando los virus devoren nuestra carne y dejen nuestras vergüenzas al aire, que nadie dude que nuestros esqueletos seguirán bailando para toda la eternidad.

Puedes rezar si quieres. Pero si rezas, al menos reza con ritmo.

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