Crónica // Mark Lanegan / Teatro Kapital

mark_lanegan
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Está tirado en un rincón, protegido de las luces de la calle por un contenedor de basuras, a la entrada de un callejón húmedo. Las sombras de la noche tapan lo que queda de su vergüenza. Ni su abrigo le resguarda de todo el frío que tiene, ni su botella le hunde en el mar que le cubre. La última vez que escupió la boca le supo a sangre. Por eso ahora se le llenan los carrillos de asco y lástima y, sin embargo, no se atreve a lanzarlos fuera.

Pero siempre hay una luz, a lo lejos. Al menos ahora la hay. Una luz que se tambalea, rítmicamente, a medida que se acerca, precedida del sonido de un órgano profeta. Y a cada paso la luz aumenta hasta ser muchas, hasta transformarse en cirios encendidos. Y cuando la claridad entra en el callejón ve claramente como esas llamas rodean la imagen de un cristo crucificado. Un cristo pendenciero y serio, con el pelo demasiado rojizo, perilla y clavado, clavadito a Mark Lanegan.

Avanza a ritmo de bajo, el paso. Como si le pesaran los años bajo los focos ahí, en lo alto. El borracho duda de sus propios sentidos y cierra los ojos. No hay nada ante él. No es real esa imagen. Y sin embargo baquetas como látigos le golpean, obligándole a mirar. No hay duda. El paso se detiene con estruendo en medio del callejón. Se posa sobre los charcos de orina y Lanegan fija su mirada en el desperdicio humano. Viene a salvarte.

Porque él ya estuvo allí, a donde tú vas. Y volvió. Conoce todo el camino, con todas las curvas y los atajos. Con sus trampas y sus controles. Es más, está harto de gente como esta, que se echa a un lado y no es capaz ni siquiera de afrontar el peso de su pecho. Hay desprecio en su mirada y quedan muy lejos las sonrisas. Y sin embargo, cuando habla, su voz pasa de clavarse como una aguja justo detrás de los ojos a perderse. Le batalla la acústica del callejón de la kapital, los altavoces mal colocados… su voz se escurre, áspera, entre las sombras.

Aparece una guitarra como el hermano mayor de la cofradía. Golpea sus cuerdas anunciando a los costaleros el momento oportuno para alzar al cielo la canción. Y el paso se eleva, digno, importante. El hombre lo mira, escapando de la embriaguez por un instante. Pero no se engaña. Lanegan no ha venido a recogerle. No es el pastor que busca las ovejas descarriadas del rebaño. Esa es la epifanía. Todo es pura coincidencia. Pasaba por allí. A ese cristo no le importa su destino, ni siquiera qué será de sus latidos mañana. No le importa lo más mínimo. Para él no es más que otro despojo.

El paso se marcha, con la imagen de un cristo, demasiado parecido a Mark Lanegan, crucificado. Y el hombre lo observa mientras se aleja. Y antes de perder el sentido definitivamente le da tiempo a ver a una muchedumbre caminando detrás de él. Coreando sus temas, besando el escenario que pisa. Aunque cada año sus procesiones son distintas, casuales, peligrosas, todavía hay miles de devotos dispuestos a caminar hasta que sus pies se tornen herida. Da igual. Es imposible mirar hacia atrás si estás clavado a una cruz. Mártir. Mito.

Se sube el cuello del abrigo y se desmaya. La luz de los cirios encendidos todavía se refleja en las paredes de los callejones aledaños, pero ya nadie la mira. La procesión continúa y el frío no ha perdonado ni un mísero grado. A su soledad ya sólo le hacen compañía las ratas más atrevidas, el eco de los pasos y su voz.

Su puñetera voz.

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