Crónica Radio 3 // Tindersticks / Teatro Lara

tindersticks
Crónica especial para RTVE/Radio 3
 por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Cierra los ojos. Pon la mente en blanco. Tiñe todos tus pensamientos de blanco. No veas nada más que el color blanco. Imagina ahora que ese blanco se convierte en luz, poco a poco. De manera gradual tu mente se convierte en una luz blanca que ilumina cada rincón de tu cabeza. Todos tus miedos, todas tus ideas y tus recuerdos están ahora bañados por esa luz blanca y agradable que no ciega. Y poco a poco, lentamente, esa luz comienza a extenderse por todo tu cuerpo. Ilumina el cuello, el pecho, se inundan los pulmones de luz. Avanza por los brazos, el codo, las muñecas y por último recorre cada dedo, desde el nudillo hasta la uña. El vientre se ilumina y la luz sigue descendiendo por la pelvis y las piernas. Sin perder intensidad las rodillas se bañan con esa luz, los gemelos y los tobillos. Y por último los pies se iluminan hasta llegar a los dedos. Ahora toda tu persona es un foco de luz, blanco, dulce, calmado, pleno.

Tu cuerpo flota. No roza el diván, bañado totalmente de luz, se eleva lentamente y levita. Y poco a poco toda la consulta se transforma. Desaparece mientras en tu cabeza se escucha una música precisa y relajante. La pálida luz blanca se va difuminando gradualmente. Se reduce hasta concentrarse sólo en un punto. Un círculo blanco brillante. En lo alto. El sol ardiente baña tu rostro pero el agua refresca tu cuerpo. Flotando en el mar. Escuchas las olas del mar y escuchas, al mismo ritmo, un bajo constante mandarle latidos a tu corazón. Estás vivo. Notas la sangre recorrer tu cuerpo como las notas de una guitarra recorren todo un salón en silencio, alcanzando hasta el último rincón. Estás vivo gracias a la música, aunque no hay nada en ti que lo demuestre. Eres todo quietud y paz. Calma y felicidad.

Por la playa, a lo lejos, corren niños. Oyes sus gritos, sus risas. Concéntrate en ellos. Un grupo de chavales jugando. Visten bañadores de colores y hay un balón entre ellos. Sus voces suenan como un saxofón, fuertes, alegres pero con un punto de melancolía. Porque esas voces ya no son las tuyas. Hace mucho tiempo que tú no corres así. Hace mucho tiempo que no lloras.

Céntrate ahora en un niño. Uno en concreto. Bañador rojo, cuerpo delgado y bronceado. Pelo revuelto. Corre detrás de sus amigos y grita sin parar. Parecen gritos de alegría pero son demasiado continuos. Hay un punto de ansiedad en sus gritos. Y parece correr hacia ti, además. Se acerca gritando cada vez más, cada vez escuchas sus gritos más claramente, más fuerte, más alto. Su rostro ya no es de felicidad. Su rostro suena como la batería de una banda cambiando el ritmo. Animándose. Cada vez más. Aumentando su presencia en el sonido final. Llenando tu cabeza de gritos. Unos gritos que cada vez suenan más adultos, cada vez están más lejos de la boca de ese niño que empieza a envejecer. Que se convierte en un adulto, cada vez más parecido a ti. Cada vez más tú. Tus gritos. Estás gritando: despierta.

Abres los ojos y todo está oscuro. Poco a poco te haces a la oscuridad y te sorprendes porque no hay diván, ni hay clínica. Lo que hay es un teatro a oscuras, en silencio, con cientos de personas saliendo de su trance particular, buscando sus propios orígenes, mecidos por la voz hipnótica de Stuart Staples. Agarrados con fe a las teclas de Dave Boulter. Náufragos de nervios. Perdidos en mitad de la calma más absoluta. Y a la vez, removidos por dentro. Con una mano invisible empeñada en hacerte reflexionar, en convertirte en una persona mejor. Un viejo amigo de ti mismo.

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