Crónica // Berri Txarrak / Sala Rock Kitchen

berri_txarrak
Crónica especial para el periódico Club de Música por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

Con lo cómodo que es beberse un katxi en la casa okupa. Con lo fácil que es hacer rock del bueno, a todo trapo, rodeado de la cuadrilla de toda la vida. ¿Por qué habrán tenido que darse la vuelta y salir al monte, a caminar por donde no se debe, bordeando el precipicio, estos chicos de Berri Txarrak? Eso sí que son malas noticias, me cago en dios.

Pues ahí están los tres. Instalados en su precipicio y encima lo llevan con elegancia. Con el riesgo que conlleva. Caer una y otra vez en las zarzas más oscuras del ruido hardcore por un lado. Y por el otro asomarse a un prado lleno de borregos indies. Y no paran de caer ellos y da igual. Ahí están, levantándose con elegancia y arrastrando cada día más almas de las que jamás pudieron imaginar. Desde las dos partes. Como si fuese un concierto sobre el muro de Berlín.

Todos mirando para arriba, sin perder ripio de lo que hacen, de lo que dicen. Siguiendo cada uno de los centímetros que David González recorre por su bajo. Y son la tira, oye. Kilómetros hace el tío por su mástil. Y sorprendidos ante lo que aguanta el ancla de ballenero vasco con el que se mantiene clavada al suelo la batería de Galder Izaguirre. Rodeado de camisetas de rayas, pendientes de aro, tatuajes, calimocho y piercings en los labios, crestas y coletillas. Demasiado ruido para tres tíos solos. Y más valor aún como para abrazar melodías más sencillas, poperas… dulces diría, si no tuviera miedo de que me metieran una hostia.

Pero ellos no han convocado ninguna fiesta. Ellos han subido solitos allí. Y han tenido que esquivar a un buen número de seguidores de su vertiente más radikal… así, con k, por supuesto, para llegar allí. Y se han hecho sitio a base de colar covers de Black Keys en directo, con dos cojones, de peinar con melodías en medio la melena revuelta de sus hijos más heavys.

Y sin embargo, qué útil eso de volver a mirar una y otra vez atrás. Y empeñarse en tapar con distorsiones el talento y la clase que tienen. Disfrazando buenas canciones de truenos. Espantando con un poco de ruido la atención de la gente de bien, que se arrima al oír la voz bonita (¿me atreveré a decir bonita delante de esta gente?) de Gorka.

Porque agobia estar aquí, rodeado de tanta rabia. Con lo elegantes que ellos son. Es incómodo, tanta rebeldía, tanto pelo. Y no es fácil acercarse así, ¡coño! Teniendo en cuenta lo que arrastran, lo que viene con ellos. Como una mala oferta 2×1 del puñetero Lidl.

Vendrá mañana y saldrá otro disco de Berri Txarrak. Y los de aquí lamentarán no haberlos traído más a su terreno. No haberles limpiado más, pulido mejor los pinchos de las muñequeras. Y los de allá pondrán el grito, todos sus gritos, en el cielo. Por perder de vista las raíces, las tradiciones. Sin entender que su tradición es precisamente eso, negarse a estar estancado. Porque hay que tener dos cojones para tirar para el monte. Dar siempre un paso más. Deshacerse de las muletas, caminar, encontrar precipicios y tener la habilidad y el talento como para desfilar por ellos, desconcertando. Matando miedos e historia.

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