Crónica // The Jon Spencer Blues Explosion / Joy Eslava

jon_spencer_blues_explosion_cronica
por Txemi Terroso
 // Ilustración: Oscar Giménez

He aquí a un buen número de gatos a punto de ser atropellados. Somos un montón. Los más valientes saltan delante de todos, estúpidamente eufóricos, al verlo llegar. Incluso entre nosotros hay algunos reincidentes. Más de una vez y más de dos han visto venir el mismo camión y aquí siguen, expectantes. Deseando que les pase por encima sin más defensa que una sonrisa de oreja a oreja.

Porque este no es un camión cualquiera, no. Es un camión de cuero negro, con largas patillas y mirada teñida. Un camión capaz de devorar kilómetros a una velocidad de vértigo, jugando con los acoples de sus válvulas sin necesidad de cambiar de marcha. Forzando su máquina hasta el final de la autopista y volviendo, rozando constantemente los arcenes y las cunetas, por el mismo sitio por el que se fue.

Tiene un motor de la hostia, el camión, por cierto. Puesto a punto por Russell Simins. Un mecánico de brazos anchos como almohadas, pero con una habilidad para moverse entre las tuercas que cada intervención suya parece una inocente pelea de fraternidad femenina. Y sin embargo cada golpe suena a manada de torpedos cayendo sobre cada pieza del maldito camión. A explosión definitiva. A traca final. Pero no es todo contundencia. En el salpicadero lleva un navegador de serie. Elegante y preciso como Judah Bauer. Indicando el camino con la calma de quien no existe. Autómata sin sentimientos, experto en el género humano, programado para tocar en los resortes adecuados que consiguen hacerte vibrar de verdad.

Y, por supuesto, para pilotar todo este armatoste no vale cualquiera. Hay que ser un poco maníaco como Jon Spencer. Maníaco y ciego, para pegar volantazos a discreción. Subiéndose por encima de señales y aceras. Pero también hay que tener talento para evitar peajes y perder a los coches de policía. Y él lo tiene, de sobra. Como casi todo.

Y no hay pausa, ni respiro para mear, ni parada para echar gasolina. Porque no hay carburante capaz de abastecer a un camión así. Se mueven utilizando la propia energía que ellos mismos generan. Perdido en cuevas del pasado el impulso inicial. Olvidadas para siempre las llaves que prendieron la mecha en el contacto. La mirada clavada en la carretera por delante, sin importar por encima de quien tienes que pasar.

Por eso da gusto saltar a la calzada cuando lo ves venir. Brillando a lo lejos con sus cuatro letras pintadas de blanco sobre el fondo negro de la cabina. JSBX. Y por eso, cuando nos ha pasado por encima, nos vamos todos los gatos dándonos codazos y riendo, comparando las marcas que sus neumáticos han dejado en nuestros cuerpos. Vacilando sobre a quién le ha atizado más de lleno y a quién, por estar mal colocado, esta vez le pegado sólo de refilón.

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