Crónica // Pumuky / Neu! Club

Pumuky
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Cuando abrieron las puertas del Neu! Club ni tú ni yo sospechábamos lo que nos esperaba dentro. Entrar en la sala fue como comenzar una expedición. Una expedición atravesando una selva frondosa y seca, donde el sol lucha con cada rayo por rozar un suelo imposible. Y entonces lo vi claro. Entendí dónde estábamos y me imaginé el resto del viaje. Por eso me giré y te miré a los ojos con toda la calma que pude reunir y te dije:

-Ven, no te separes de mí. Si eres paciente y buena chica te presentaré al hombre del pantano. Pero antes hay que encontrarlo… y eso no va a ser sencillo.

Comenzamos a avanzar apartando ramas. Helechos nos cerraban constantemente el paso. Bordeamos troncos como barras de bar y escuchamos, de fondo, un acople constante. Un pitido que se convertía en corrientes de aire y después en ruido de agua fluyendo y hasta en rocas despeñadas por un barranco y pronto se hizo la luz entre las sombras y ante nosotros apareció un pantano de dimensiones oceánicas.

El sol quemaba nuestra piel y el aire no se podía respirar y aún así llenamos nuestros pulmones varias veces con esa brisa que a cada ola mutaba en huracán. Y con una valentía repentina nos hicimos a la mar, subidos en una batería atronadora e insumergible. Y domamos unas mareas salvajes, impulsados por unos remos de ritmo constante, como de bajo, incansable y armónico. Y al llegar a la isla del pantano, alta como un escenario, vimos una silueta recortada ante un sol rojo, moribundo. Era el hombre que buscábamos, levantando la pleamar a su paso.

Estábamos a punto de distinguir las facciones de esa silueta cuando, al vernos, se dio media vuelta y, arrastrando muy despacio sus largos pies por la playa, desapareció entre la vegetación entonando su eterna canción. Tratamos de seguirle pero la isla del pantano camuflaba su voz con un sonido incesante y explosivo. Porque esa voz cuenta que quien quiera verle de cerca tendrá que recorrer un camino difícil. Un camino para el que hace falta mucha fe en la desesperación. Y llegar a creer que no merece la pena conseguirlo para descubrir el verdadero valor del viaje.

Tú me miraste dudando. Yo no sabía qué decir. Pero los dos teníamos claro que no podíamos llegar hasta allí para darnos la vuelta. Te pusiste en cabeza y descifraste las guitarras distorsionadas que se escondían en la corteza de los árboles. Y entendiste el significado de las teclas que pulsaban los pájaros sobre las copas. Y paso a paso fuimos avanzando, superando una prueba tras otra, hasta llegar a un claro. Allí, iluminado por focos de escenario, nos esperaba el hombre del pantano. Un muchacho tímido, con los ojos grandes y la sonrisa doblada. De aspecto frágil pero con tanto poder que hasta los cargueros del puerto hacen sonar sus bocinas cuando a él le viene bien.

Y nos dio las gracias por venir. Y saludó e incluso hizo un bis. Y los árboles se convirtieron en músicos. Y los pájaros en teclados. Y el pantano se hizo público y la realidad magia. Y buscamos la salida, perdidos entre la gente, desorientados en mitad de una sala de conciertos. Pensando que aquella expedición había sido demasiado personal para tratarse de un concierto más.

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