Crónica // Pony Bravo / Joy Eslava

Pony_Bravo
Crónica especial para el periódico Club de Música por Txemi Terroso // Ilustración: Oscar Giménez

Caminamos todos juntos, cerca unos de otros sin llegar a conocernos del todo. El polvo que se levanta ante tantos caminantes nos envuelve en una nube de irrealidad. Nadie habla. No hay más ruido que los pasos, casi simultáneos, de la gente sobre la arena y la ceniza. Un runrún monótono y repetitivo. Como el repiqueteo grave de una discoteca escuchada desde fuera.

Un grupo de gitanos en trance caminan con los ojos cerrados delante de mí. Abren el camino a una turba de devotos, descalzos, que mordisquean setas de dudosa procedencia y arrastran tras de sí a una escalera amaestrada, de las que se suben tarde tras tarde sobre los lomos de una cabra. A mi lado hay una carreta, en la que van subidos varios monos de la Europa del este, tirada por un bajo y una batería incansables. Son dos bestias poderosas y constantes. En un principio parecen cansinas y monótonas, pero gracias a eso se advierten las divertidas variaciones de su trote. Y al final hasta resulta hipnótico mirar sus pezuñas aplastar las hierbas del camino.

En el bosque que nos rodea se esconden humanos asustados y algunos animales curiosos, que se acercan a la linde del sendero, a mirar la procesión multitudinaria. Algunos linces, los más sentidos, se arrancan cortando el silencio con saetas lisérgicas. Le cantan al aire, con sentimiento. Pero no es su voz la que escuchamos. La voz que nos guía a todos en este silencio es más directa. Es la voz de un comentarista deportivo sermoneándonos. El profeta del día a día. Y de su boca invisible van saliendo las palabras del advenimiento. Las que todos queremos protagonizar. Porque todos sus sermones se refieren a nosotros. Nosotros somos los elegidos. Y las parábolas son nuestras propias experiencias. Una religión con millones de Mesías.

A cada paso que doy el nosotros se diluye y todo parece más mío. El campo, los árboles, los animales. Todos son yo. Soy un olivo. Soy un ciervo. Soy un gitano. Soy un zíngaro. Soy la sombra de un pony. Soy una ermita. Porque ahí está. Al final del camino, junto a una marisma plagada de flamencos tostándose al sol, una ermita blanca enfrentada al cielo. De allí viene la voz que no escuchamos, de allí el sonido que nos mueve.

La muchedumbre es inabarcable con una sola mirada. Hasta aquí hemos llegado todos, atraídos por un ritmo pesado. En la explanada que hay delante la ermita queda tan poco oxígeno que hay que empujar para tener el sitio suficiente como para poder respirar. Pero el ruido sigue ahí. Y es imposible no tratar de acercarse a la entrada. Atrae tanto como asusta, pero si entro de espaldas no me da miedo.

Pero cuando consigo superar la puerta nada me impide ya mirarles. Y descubro a cuatro jóvenes, ojos cerrados. Cuatro chicos más normales que todos nosotros construyendo con normalidad un mundo sin títeres pero lleno de hilos de marionetas, manejando nada. Atrayendo a la fauna más viciada y perdida hacia un lugar tan salvaje y normal que no puede llegar a ser real. Por eso la muchedumbre se impacienta. Trata de llegar a ellos, de encontrar respuestas entre esos acordes machacones.

Los más atrevidos saltan la reja. Ellos ni se inmutan y continúan tocando. El fervor se materializa en empellones, en abrazos y tirones. Les arrancan los instrumentos del cuerpo sin que sus caras consigan crisparse. Alguien levanta triunfante el brazo del batería, que sujeta todavía la baqueta. Despedazan sus restos y la sangre profana el altar. Cuando la masa se retira no queda nada de la banda. Sólo humo, polvo. Y sin embargo ahí sigue su música. Sonando en nuestras cabezas, insistente, pegadiza.

Y mañana, me temo, volverá a haber concierto. Ahí reside el milagro de Pony Bravo.

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