Crónica // The Gift / Teatro Lara

The_Gift
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Oigo crujir la madera del escenario. El viento me acaricia la cara con mano de madre preocupada. El teatro se balancea tan imperceptiblemente que es imposible no caer en un agradable sopor. El olor de la hierba es profundo y dulce, no hay rastro de sal, no hay agua chocando contra nosotros. No hay olas ni gaviotas. Sólo se oyen rozar de ramas de álamos. Se oye el arrastrar de este buque de madera y butacas por entre los prados, verdes e infinitos, por los que navegamos.

Abro los ojos y el sol me ciega antes de que pueda empezar a sonreír. Poco a poco se va dibujando el paisaje, una línea suave y poco definida, con un imponente sicomoro a lo lejos. Un sicomoro que precede a un océano de árboles que se esconden tras él. Y que, a su vez, marca un horizonte eterno que nunca se alcanza, navegando, como vamos, a un ritmo tan pausado. Porque ante todo, lo importante no es llegar, sino seguir viajando. Siempre hacia adelante. Descubriendo con cada viraje una nueva manera de ser feliz.

Así nos lo trata de explicar nuestra capitana. Una voz curtida y femenina como una sirena embarazada. Una madre de familia que nos explica con grave tono de profesora de escuela los secretos mejor guardados de la primavera. Nos mece con sus palabras, la capitana, mientras avanzamos con los ojos muy abiertos, como niños ilusionados en un zoo de sensaciones enjauladas. Mientras, el segundo de a bordo, un tipo con una personalidad arrolladora, lo va explicando todo. Cada maniobra, cada gesto. Habla por los codos, entretiene. Son muchas horas navegando, las que tiene, y nada ni nadie le va a hacer cambiar su manera de trabajar.

Y de repente estalla una tormenta. O quizás sería mejor decir que explota una tormenta. Miramos al cielo y vemos caer colores de punta y al buscar de nuevo el horizonte ya no hay pradera sino, por supuesto, una inmensidad de colores que lo cubren todo. Algunos corremos riendo hacia la popa y allí vemos alejarse a la pradera, a la calma que nos había acompañado en la primera parte de la travesía. Y en ningún momento deja de azotarnos un viento más fuerte, que nos agita sin llegar a zarandearnos. Como si, simplemente, estuviésemos bailando. Y alegra y anima, esta tormenta, y empuja el vendaval, viento en popa, a este teatro sin ancla y surcamos un mundo de colores sin límite y ya todo el mundo se pone de pie y parece realmente imposible que nos podamos ir al fondo.

Y así, cantando canciones a coro, con una banda de marineros tan expertos como detallistas, navega este regalo surcando el mundo, por las avenidas de Nueva York y las playas de Portugal. Cruzando desiertos africanos y montañas de asfalto. Imparable en su alegría. Irremediable en su locura. Dejando una estela de sonrisas ajenas. Un rastro de felicidad que consigue que todos estos peces queramos seguir a bordo, una canción más, para que hagan con nosotros lo que quieran. Para demostrarnos que todo es posible. Que no hay ni una sola gota del mar capaz de frenar la ilusión y el talento. Que se puede perfectamente comandar un buque capaz de navegar sobre la primavera. Que este barcoteatro puede estallar en colores y seguir adelante, rumbo al norte de los sueños. Y, si lo piensas, no sólo es sencillo sino que además es fácil de entender.

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