Crónica // Vetusta Morla / La Riviera

Vetusta-Morla
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Hay un grupo de chicos que, justo antes de salir a tocar, se sienta junto al río a tomar unas cervezas bien frías. Tratan de encontrar la relajación, la comunión entre ellos. Otros en cambio, dentro de la sala, están francamente histéricos. Se les escapan diminutos gritos ante cada pequeña modificación de la intensidad de la luz. Parece como si les superase un concierto así. Tiemblan y se abrazan con demasiada frecuencia antes de que suba el telón. Los más, los menos, van ocupando su sitio en el escenario. Y sin embargo no verás ni a uno solo que no esté perfectamente preparado para un concierto de estas características.

Nunca vi un escenario tan grande. Dos mil artistas ofreciendo lo mejor que tienen. Dejándose la piel, dándolo todo. Una banda inabarcable, en todos los sentidos.

Cuando comienzan a tocar parece que nada va a poder con ellos. Son enormes, un ejército imparable. Su voz pierde matices y dulzura pero gana en potencia. Y es innegable la capacidad que tiene la masa para ponerle los pelos de punta al más serio. Un coro cantándole los mismos himnos al cielo rasgado, como una sola voz. Como la voz de un dios fanático y emocionado. Como la voz de quien dejó de ser hombre para empezar a ser ídolo.

Y no está solo. Al fondo, entre el humo y la prisa, hay tantas manos tocando la batería a la vez que parece que nunca haya conocido el silencio. Atrona y engancha. Une lo irreconciliable a golpe de baqueta. Y cerca de ellos hay al menos doscientas personas clavando un acorde tras otro. Enganchados a dos guitarras tan sencillas e inteligentes que parecen locomotoras de cercanías. Organizando viajes a lugares tan cercanos que todos somos guías y turistas a la vez.

Se explayan, los dos mil. Repasan un tema tras otro y aunque al principio parecía imposible, van perdiendo fuerza. De tanto tratar de impresionar, por querer agradar tanto, se van olvidando de contagiarse los unos a los otros y los dos mil se van quedando quietos. Sin cometer un fallo, sin doblar mal un verso, pero desconectándose. El repertorio es demasiado largo y los picos de tensión están demasiado separados. Tiene lógica: imposible ponerse de acuerdo entre dos mil personas para confeccionar un tracklist más práctico.

Sin embargo todavía quedan escalofríos. Todavía queda algún momento dulce que saborear. Y mecido por una nana maldita te descubres subido en el escenario, convertido en uno más de esta banda. Cantando cada nota como si el grupo dependiera de ti. Pero son ilusiones. Proyecciones irreales. Sueños que todos tenemos por cumplir… pesadillas que evitar. Un ejército de anónimos queriendo ser sus propios ídolos a los que, lentamente, tema tras tema, les va abandonando el sueño…

Y antes de que consigas ponerlo todo en orden dos mil personas saludan, se abrazan, se despiden las unas de las otras y se van. Y al abandonar la sala y detenerse el bullicio aparece el público. Un público modesto y con los pies en el suelo. Muy reducido. Seis chicos, buenos amigos, sencillos. Capaces de crear una banda tan cercana que todos creemos formar parte ella. Seis músicos algo abrumados, convertidos en público de sus propias canciones. Tratando de descubrir el momento en el que dejaron de ser chicos con talento para convertirse en estrellas.

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