Crónica // Plushgun / Sala Ramdall

Plushgun
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Ella se peina y se ríe a la vez. Como si fuera tan sencillo ser así de guapa. La ocasión lo merece. Invitados como estamos a toda una fiesta en palacio. Se pone ropa brillante, cambia el color de sus mejillas y sus labios, sonríe como si fuera mucho más pequeña de lo que ya es. Y yo me pregunto si la fiesta estará a la altura. A su altura.

Somos recibidos con más pompa de la que merecemos y en seguida nos escabullimos, tímidos, a un rincón. Hay trajes de gala, globos de colores, bebidas frías, luces fluorescentes. Estrenan bajista y máscaras de carnaval para todos y mantienen la ilusión de la primera vez: como si llevasen meses esperando poder celebrar algo así. Por mucho que suyo sea el palacio, suya la fiesta y la ilusión. Suyas las ganas de que todos lo pasemos como nunca. Y cuando ves a Dan, a Daniel Ingala, el anfitrión, ya le tienes encima, abrazado. Sin dejarte tiempo para ir a presentarle tus respetos. Su barba te sonríe y sus gafas la miran a ella, como quien mira una magnífica idea cruzando, desprevenida, por su cabeza.

En seguida empiezan a aparecer camareros con bandejas repletas de canciones. Algunas muy sabrosas, todas agradables. Ella se desliza entre las ofertas como el mejor de los extremos. Pica de aquí y de allá y no soy capaz de seguir su entusiasmo. Trato de acoplarme al ritmo pero son demasiados camareros. Hay demasiada gente tratando de agasajarnos aunque a ella parece no importarle. El salón se llena de huecos vacíos y cuando tratas de hacerte con el lugar parece haber más canciones que gente disfrutándolas.

Pero Dan no deja que nos agobiemos. Se acerca y me pasa un brazo sobre los hombros. Con la mirada la busca a ella y en seguida la encuentra enredada en las vueltas de una conversación de descubrir amigos comunes. Ella nos mira y se deja llevar, pasillo a pasillo, mientras Dan nos enseña el palacio de Plushgun. Les dejo caminar a los dos un par de pasos por delante de mí a través de unas habitaciones que han crecido y mucho desde la última vez que lo visitamos. Y con las ampliaciones han ganado nombre, espacio y repercusión. Pero alejándose tanto de las paredes han perdido calor y ese adictivo efecto de rebote que conseguían todos sus sonidos, convirtiendo cada una de sus notas en la pelota de Steve McQueen en “La gran evasión”.

Ella se asombra con cada puerta, con cada ventanal y cada reja. Su capacidad de sorpresa es un maratoniano sonriente. Le encanta la luz de invierno, la emoción del mañana. Se agarra del brazo de Dan mientras baila por los pasillos como una princesa desquiciada. Y claro, no tengo más remedio que seguir su estela, su energía. La de ella y la de Dan. Que desborda simpatía y ganas de agradar. Pero cuando volvemos al salón hay gente recogiendo sus abrigos. Dan se asusta y hace salir de nuevo a algunos camareros con sus mejores bandejas. Y, por supuesto, nadie se puede negar a repetir de “Just Impolite” o de “How we Roll”. La fiesta empieza a agonizar, entre quienes no ven de dónde seguir tirando y los que se niegan a dejarla morir. Y empieza a desmembrarse como un ajusticiado por la Inquisición.

Dan nos ve marchar desde la puerta. Él y sus tres compañeros de palacio nos despiden con la mano y ella les devuelve la despedida a gritos mientras se aleja. Sinceramente agradecida. Pero al volverse y comenzar de verdad el camino de regreso cambia el tono y comenta en voz baja: “falta gente para tanta fiesta”. No hay ni un ápice de hipocresía en sus palabras. Más bien resentimiento con la gente que aún no ha descubierto este palacio y no sabía siquiera que tenía que haber estado aquí, perdiendo la cabeza a su lado. Exactamente como hago yo.

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