Crónica // The Horrors / Rock Kitchen

The_Horrors
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Llego agotado, pago mi entrada, paso al recibidor, suelto mi abrigo, mi mochila, el peso de mi alma y me quedo ante la puerta. Comienza el protocolo y tras una serie de ruidos indescifrables el portón metálico se abre. No hay una mano al otro lado del pomo. No hay nada ni nadie. Sólo un denso humo, un vapor ahogado y machacón y una oscuridad salpicada por luces de colores. Doy un paso, la puerta se cierra, hay una tranquilidad desnuda y anónima y en seguida, comienza la magia.

A lo lejos, como la silueta de un tren acercándose, comienza a escucharse una música. Teclados religiosos, bajos de procesión y una guitarra casera, hecha con las cuerdas de los caídos. Se oyen voces, hay gente a mi alrededor, en el mismo estado que yo, veo sus sombras recortadas sobre luces verdes y moradas cuando se encienden y se apagan. Y entonces el ritual comienza a funcionar, cierro los ojos y me concentro en los sonidos, escapo de la gente, de las luces, del humo y al final consigo escapar también del suelo. Cada segundo se multiplican por diez los metros que me separan de él. Que mis pies consigan rozar algo firme se convierte en una mera ilusión y, sin embargo, hay una constante sensación de estar cayendo. De estar llegando a las profundidades más oscuras y siniestras.

Pero nadie me deja caer. De entre todas las voces desconocidas se eleva, firme y triste, la de Faris Badwan, profeta deprimido y contagioso. Y a su alrededor se orquestan un sinfín de instrumentos. Y es esa música la que se mete dentro de mi cuerpo por todos los orificios que encuentra y una vez en el interior se aferra al alma fuerte, tocando en los resortes adecuados para, en un descuido, arrancármela. Con ella, por supuesto, desaparecen también las vísceras, una a una, para que la batería vaya llenando los huecos con música. Un golpe de bajo me clava un garfio en mitad del espacio creado y a base de guitarras y teclados van tirando de mi hacia arriba, elevándome sin cesar y sin, por supuesto, poder abrir los ojos.

Alguien enciende las luces, La música desaparece por un problema técnico y la realidad se hace patente. Nos quedamos todos mirándonos sin poder, sin saber decirnos nada. Rápidamente las luces vuelven a desaparecer y la máquina de humo se pone a funcionar… Vuelve la música pero ya nada es igual. He visto caras que me han visto. Cuerpos colgados, sodomías, imágenes privadas que han desaparecido en mis ojos, pero que son imborrables en la pantalla de mi mente. Y ya no es tan fácil.

Me concentro. Trato de relajarme y de aparcar para otro momento lo que ya no podré olvidar. Cierro los ojos con fuerza y busco el vacío dentro de mí. Trato de imaginarlo como un enorme frasco de cristal en el que van cayendo, destiladas, las notas distorsionadas que me ofrecen The Horrors. Y rápidamente el suelo vuelve a desaparecer, mi cuerpo empieza a caer y pronto alguien engancha mi columna a algo tan consistente que me quedo colgado, como un saltador de puenting solo, olvidado durante semanas en mitad de una montaña desierta.

No hay mucho más que ofrecer. Paulatinamente va desapareciendo la música y apagándose las luces de colores. Un operario del local me conduce suavemente hasta la puerta, como ángeles de la guarda. El portón metálico se abre sólo para mí y salgo a la recepción. Recojo mis cosas, mi abrigo, mi mochila, mi cansancio y camino de nuevo hacia la realidad sin puerta de escape.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s