Crónica especial // Havalina 10 años / Sala Siroco

Havalina
Crónica especial para el periódico Club de Música por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Se dice pronto.

No se tarda ni siquiera en pensarlo. Diez años. Uno detrás del otro. Pasando como un tiovivo a toda velocidad. Cada caballo parecido al anterior pero nunca del todo igual. Un suspiro. No son nada. Pestañeas y al abrir los ojos ante ti no queda más que un páramo desolado. Parece mentira que hayan pasado diez años. Diez años. Se dice pronto.

Pero si no hubieses cerrado los ojos, si hubieses fijado tus párpados habrías podido ver el tremendo vendaval que ha asolado todo esto. Y si hubieses tenido un poco de criterio no te lo habrías perdido. Imbécil.

Ese huracán, por supuesto, tiene nombre. Y tiene cara. El rostro tranquilo de quien lleva diez años viviendo dentro de un tornado. Gobernándolo. Eligiendo el camino a tomar. Las ciudades que arrasar. Generando la suficiente energía como para iluminar tres noches seguidas de conciertos. Y como te quedes ante él te arrastra y te eleva. E incluso es capaz, si tienes el suficiente valor como para no cerrar los ojos, de enseñarte un mundo distinto, más oscuro sí, pero más sincero, lleno de gente tan abrasada que terminan obligados a ser de verdad, con piel y pelo y alma rozada, tocada por cuerdas como índices señalando la salida, la escapatoria, la puerta de emergencia por la que bajarse, saltar, lejos de un huracán tan íntimo. Aterrador. Eterna Dorothy, condenada a ver volar su casa una y otra vez. A golpe de guitarra. Empujada por un bajo y ordenada por una batería. Dorothy parada en mitad de la nada. Esperando que llegue el mes de Junio. Esperando que Havalina vuelva a pasar, camino de Oz.

Con orgullosas ráfagas de ametralladora.

No es un mal curro. Componer canciones para fusiles ajenos. Armar hasta los dientes a compañías cuya filosofía no compartes. Disparar a enemigos por los que no tienes ni siquiera simpatía. Ser un soldado más. Avanzar con paso firme, encontrando entre las sombras detalles útiles para tu propia guerra. Y después, al llegar a la trinchera que de verdad te esconde, usar lo aprendido. Orgullosas ráfagas de ametralladora.

Porque hay guerras tristes, e incluso aburridas. Pero cuando ves a los mercenarios disparar con el corazón, encontrarse con sus verdaderos enemigos, es una delicia oír silbar las balas. Una batalla en la que dejarse ir, disfrutar. Ver caer el napalm en tu interior, destrozando el cerebro, adherirse a los intestinos y sangrar almas. Y ellos, los mercenarios, sin máscaras de gas. Sufriendo contigo porque su sufrimiento es el inicio de todo. Son los verdaderos proyectiles. Arrasados con verdades. Caídos ante la Imperfección de un ejército sincero. El orgullo de ser derrotado por Havalina. Rendido y derrotado, brazos en alto, limpio por dentro. Sonriendo. Viendo arder tu vida en una hoguera infinita.

No hay quien la apague.

La casa es grande. Hay un montón de habitaciones. Incontables. Algunas de ellas están llenas de gente. De gente que grita más de lo que puede escuchar. Las paredes están pintadas de colores chillones y no cabe un alma más, pero siguen entrando personas. Otros cuartos son calmados, oscuros. Hay algunos viejos sentados, en extremo silencio, sobre infinitas pilas de discos. Soberbios. Cabezas altas y los ojos cerrados. Hay pasillos, claro está, por donde corren los que no quieren dejar de estar en ningún sitio. Los que quieren ser amigos de todos. Hay también un par de habitaciones de gente serena pero animada. Posters de películas en las paredes. Algunos, desde las ventanas, ven otras casas en las que no pasa nada que no ocurra ahí también. Otros se aferran a unos auriculares que sólo les permiten escucharse a ellos mismos. Pero en una de esas habitaciones hay un rincón bien iluminado desde hace ya diez años. Un rincón al que casi nadie mira, nadie hace caso. Y la luz a veces tiembla, pero nunca se apaga. No hay quien la apague.

Alguna vez, alguien que no debería estar en esa habitación, que jamás la había pisado, entra. Deambula un poco, mirándolo todo, descubriendo matices, colores, ansiedades distintas. Una baraja de sentimientos que no conocía y en la que no tiene muy claro con qué carta quedarse. Normalmente los visitantes esporádicos se centran en lo que más llama la atención. Las paredes pintadas, la luz que entra por las ventanas. Nadie se suele fijar en ese rincón bien iluminado. Casi nadie presta atención en una luz que rezuma nostalgia y ansiedad. Pocos se fijan en Las hojas secas que se empeñan en reunirse en aquel rincón perdido. Como si todos los vientos del mundo soplaran en esa dirección. Pero si alguna vez alguien lo mira. Si alguna vez se acercan y lo rozan y sienten el calor de esa luz y la sinceridad, ese alguien cambia. Ya no es el mismo que entró, perdido, hace unos minutos. Y aunque poco después se vaya y camine por pasillos lejanos y entre en habitaciones opuestas, nunca dejará de estar junto a esa luz. Ya no volverá a sentir el frío dentro de él, porque el calor de Havalina se te mete dentro y no es capaz de encontrar el camino de salida. Eternamente iluminado. Y miles de personas caminan ahora con una hoguera prendida en su interior. Fuegos que llevan una década sin consumirse. Diez años…

Se dice pronto.

Agradecimientos a Miki Ávila (www.mikiavila.com) por sus fotos, inspiradoras para la ilustración.

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