Crónica // The Antlers / Sala Ramdall

The_Antlers
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

El cuentacuentos se quita despacio la chaqueta y toma asiento. Sin dejar de pasear la mirada por toda la sala cuelga la chaqueta en una esquina del escenario. No tiene prisa. La barba incipiente le completa el aspecto de hombre curtido que su juventud trata de desmentir. Con gestos lentos se sienta en un taburete y dobla meticulosamente cada una de las mangas de su camisa. Cuando ha terminado de remangarse levanta la vista, pero en esta ocasión sus ojos no miran a nadie en particular. Y junto con un suspiro profundo, deja escapar una larga pausa que aumenta un poco más las expectativas.

El cuentacuentos tiene un caracolillo en la frente, un rizo rebelde de su perfectamente descuidada cabeza. Como si tuviese ganas de jugar con nosotros después de contarnos todas sus penas y miedos. Como una manera de decirnos “tranquilos, son sólo cuentos. Cuentos serios, historias duras, pero historias al fin y al cabo”. Sin embargo su voz es profunda y limpia y cambia a medida que la historia cambia. Se hace sincera e intensa cuanto canta la historia del chico que no quería saber nada del amor. Pero a veces llega a convertirse en un hilo fino y doliente si recuerda la del hombre que no temía nada excepto dejar tras él una viuda. Hay tanta intensidad en su manera de dejar caer las palabras que termina sonando a mentira…

El cuentacuentos tiene un reloj con una batería dibujada que no deja de marcarle el tiempo. Crece con la narración, ese reloj, y en ocasiones se hace gigante y atronador, implacable siempre. Remarca las palabras importantes con la fiereza de una guitarra eléctrica. Y a su alrededor, por el escenario, crece un halo de misterio, un ambiente de calma, como si el teclado de una banda indie neoyorquina estuviese sentado justo a su izquierda…

El cuentacuentos desgrana la historia de aquel triste borracho dispuesto a beber noche tras noche hasta que se le cayesen los dientes. Y si uno mira detrás de sus ojos castaños acaba por identificarse con esa borrachera. Con ese drama. Y aunque en principio parece que no quiere contar cuentos antiguos, al final se emociona al explicar aquella historia de un oso que creció y creció dentro del vientre de una mujer hasta que se convirtió en cáncer y la devoró. Y tiene un momento para, bajando la cabeza, repetir con otras palabras lo que dejó escrito Sylvia Plath, “la muerte debe de ser tan hermosa… olvidarse del tiempo, perdonar a la vida, estar en paz.”

Y a pesar de la tristeza consigue sacarnos una sonrisa de resignación. O quizá de admiración. Porque dirige cada estrofa con precisión de pastor. Y poco a poco nos va llevando hacia la melancolía, la amargura, la tristeza y la rabia, con herramientas tan contundentes como invisibles hasta dejarnos a todos flotando, expectantes.

Se levanta del taburete sin quitarnos los ojos de encima. Desdobla meticulosamente sus mangas y recoge su chaqueta. Con tranquilidad y una media sonrisa se baja del escenario pero, antes de irse, nos hace un ruego. “Demostradme que no voy a morir solo. No podría soportarlo.” Todos asentimos en silencio, convencidos de que no vamos a abandonarle jamás.

Pero cuando desaparece nos damos cuenta del hechizo. Todo es mentira. Son sólo cuentos y él no nos necesita. Ni hay un oso creciendo dentro de ella ni tristeza capaz de tirarle los dientes a nadie. Y en la moraleja demuestra que los cuentos, bien contados, son capaces de casi todo, sin necesidad de hacerlos reales. Porque para que el sapo se convierta en príncipe sólo hay que besarlo… no hace falta matricularlo en Ciencias Políticas.

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