Crónica // Kakkmaddafakka / Sala Ramdall

Kakkmaddafakka
Crónica especial para el periódico Club de Música
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Vale… dale LSD, unas cuantas anfetaminas y algo de cristal, para compensar las bajadas, a la Orquesta Sinfónica de Noruega. Mejor, a la Orquesta Sinfónica de Noruega B, donde se foguean las jóvenes promesas virtuosas del país del frío. Después súbeles a un escenario y déjales tocar un puñado de canciones divertidas, aceleradas, por supuesto. Ponte delante. A ver si tienes la suficiente sangre fría como para no dejarte llevar, arrastrado por un torrente de pies saltarines y de sonrisas tan rubias que parecen iluminadas.

Pues eso, a grandes rasgos, es Kakkmaddafakka.

Dicen que en Bergen, de donde vienen, llueve más de 250 días al año. Y se dibuja en la cabeza un pueblo de calles empedradas brillando, con casitas pequeñas de colores reflejadas en un mar helado. Nadie por las calles, un enorme bosque rodeándolo todo. Y dentro de una casa siete buenos amigos tocan y tocan y bailan mientras estudian el cielo, esperando que deje de llover. Y escuchando, escondido tras la verja, calado hasta los huesos por un chelo original y limpio y seducido por un teclado casi de jazz, le pides al cielo que no deje de llover… que ESO no se detenga nunca.

Y no para. Con cada tema parece que sale el sol. Y con los primeros compases de cada canción son ellos mismos, los propios músicos, los que se alegran. Como si vieran venir desde lejos la fiesta que va a surgir a partir de ahí. Lo que van a provocar. Y se dejan caer sobre los instrumentos al ritmo acelerado que marca una batería machacona, intencionada. Cada tema parece el último. Es un fin de fiesta continuo y no hay pies suficientes en todo el mundo para poder bailar todo lo que te terminan ofreciendo. Y sin que te des cuenta el escenario se empieza a llenar, llega hasta el borde y rebosa de un optimismo lleno de colores que se desborda por toda la sala y sale a la calle.

Feliz, tranquilo y sin complejos. Como los miembros más imprescindibles del grupo: dos coristas coordinados en peinado, ropa y pasos de baile. Escondidos entre las melenas rubias de sus compañeros, marcando el ritmo en el más anónimo segundo plano. Y saltando al papel protagonista en los bises más inesperados: “Halo” de Beyoncé y el clasicazo noventero de R&B “This is how we do it”, de Montell Jordan. Y, por supuesto, de tanto verles hacer, verles reír y disfrutar empieza a ser todo muy familiar. Como si estuvieses viendo a un grupo de amigos del instituto tocar en las fiestas del barrio. Y cuando todo el mundo salta a tu alrededor y nos acercamos tanto unos a otros que parecemos todos muy amigos, te das cuenta de que ellos se lo están pasando todavía mejor que tú. Porque le han dado salida, una salida de luces y codazos cómplices y caricias revolviendo el pelo del que tienes al lado, a tantos años tocando en casa, encerrados. Han convertido todo el trabajo y el solfeo y los repetitivos ensayos sin tregua dentro de sus acogedoras casas, en un tifón imparable que asola el mundo de tristezas.

Y eso, convertir algo pequeño en algo colosal, llegar a una pequeña masa desde una verdad individual, te hace ser especial. Y ser especial te hace sonreír. Y sonreír te hace ser grande.

Yo, de mayor, quiero ser así de feliz.

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