Crónica // WU LYF / Moby Dick

WU_LYF
Crónica especial para el periódico Club de Música por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Tampoco es que fuese algo inimaginable. Nos han ido dando pistas a lo largo de todos estos años, pero ya está confirmado: el infierno, entero, está en Manchester. Y allí tienen montado un fiestón. Un fiestón hawaiano, por cierto. Un momento, ¿hawaiano? Sí, te lo prometo… no consigo entender bien lo que oigo, no está nada claro lo que sale de ahí abajo pero estaría dispuesto a jugármela… Ahí hay una guitarra demasiado feliz como para salir de tan profundo. Y gritos, muchos gritos. Atraen esos gritos y esa guitarra, por cierto, y el ritmo acelerado de una batería. Y cuanto más te acercas y más lo escuchas, peor. No lo puedo evitar. Necesito ir allí, asomarme a ese infierno y ponerme a bailar entre hogueras y tormentos. Disfrutarlo. Como si las únicas sirenas que de verdad pudieran volverte loco fuesen las de la ambulancia que precede a tu muerte.

Por eso me asomo por la Moby Dick, que es lo más parecido que hay en Madrid a una trampilla al infierno. Y así veo a Wu Lyf. Un nombre tan corto y extraño como largo y sencillo es su significado: World Unite! Lucifer Youth Foundation. Bien claro, cuatro jóvenes demonios, nada más. Cuatro chicos que tocan por encima de las voces de sus cabezas. Que convierten a esas voces en coristas. Sangran canciones desde tan profundo que no se les entiende. Cantan en el idioma en el que cantaría el mismísimo Satanás si condujera por la izquierda… Vomitan palabras rodeados de llamas y, oye, suenan bien.

Incluso hay veces en las que despegan tocando, esos demonios. Se concentran tanto en sacarle sonidos a sus instrumentos que se les separan los pies del suelo y ascienden, como los elegidos, como arrastrados sin pretenderlo hacia el mundo de los vivos. Camino del día, de la arrasadora luz del día. Y escuchándoles ascender da la sensación de que la tierra es un lugar fantástico al que ir, casi idílico. Porque si el infierno tiene esos arranques de magia y mala hostia, la tierra tiene, por fuerza, que ser un poquito mejor.

Y bailas, bailamos, danzamos como almas en pena por el borde de este averno castizo y nos dejamos llevar y todo parece fácil y divertido y sin embargo, cuando te quieres dar cuenta, Wu Lyf están de camino. Ascienden sin parar, riéndose, se lo pasan en grande, clavándote sus miradas encendidas, lanzando alaridos, rompiendo baquetas, entusiasmados… y aquí arriba empieza a faltar el aire y, aunque no hay un dios que pueda dejar de bailar, ya no es todo tan agradable.

Sin embargo cuando están a punto de abandonar el infierno, cuando cada una de sus notas se convierte en un nuevo escalón y podrían rozar con sus manos la salida infernal que da a la Moby Dick, levantan la vista, me miran a los ojos y sonríen pérfidamente, rostros deformados por la realidad tan cercana, desconocida, el tema termina, la fuerza desaparece, se transforman de nuevo en cuatro chicos condenados y caen, sin salvación posible, de nuevo al infierno. A ese maldito lugar tan fascinante del que no pretenden salir.

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