Crónica // Manel / Teatro Lara

Manel
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Hay un cambio de juego. Impecable. Guillem levanta la cabeza y desde el cruce de la Calle Verdi con Vallfogona, la pone en la esquina de la Corredera Baja de San Pablo con Pez… justo en el pecho de todo Madrid. Una visión de juego increíble la de este Guillem. Quizá explica demasiado cada uno de sus pases, pero oye, son demasiado buenos como para perderse un verso… Claro que a su espalda tiene a uno de los mejores pulmones del medio campo indie. Marti se llama. Incansable, con el bajo… manteniendo el ritmo del concierto y único con la flauta en el corte ante cualquier mínimo avance del aburrimiento. Incansable por la banda de las guitarras Roger sube y baja y en ocasiones incluso pone buenos centros, templados, sonrientes, medidos, limpios. Arriba, con todo funcionando como un reloj, Arnau falla pocos remates, golpea seco en cuanto le permiten medio metro para demostrar lo que sabe hacer. Y madre mía qué fácil lo hacen. Qué fácil lo ven. Con lo complicado que es… con la cantidad de detalles que hay, con la cantidad de trampas que te pueden tirar…

No caen en ninguna. Solventan con imaginación los pases más complicados. Y si hay que imaginarse qué puede haber tras tus deseos se minimizan, echan a correr con habilidad entre las piernas de la realidad, convierten lo mínimo en máximo y juegan contigo hasta que te descubren el truco con una sonrisa, una chistera al viento y cara de malos.

Les buscas la espalda y juegas con su profundidad… Pero no hay manera, porque antes de que parezca que se están despegando del suelo y que su cabeza va a echar a volar como una cometa o como un boomerang mal lanzado, ellos echan pie a tierra, se giran, echan el balón atrás, tocan con su portero y comienzan de nuevo, despacio, recordándose que soñar está muy bien, pero la vida que no han vivido simplemente no existe.

Parece, a veces, que los chicos de Manel vean precisamente eso, la vida, por un cristal más limpio que el de los demás. Que tras su ventana la realidad entre iluminada, sencilla. Como una de esas vidrieras de catedral que convierte un sencillo rayo de luz en una revelación. La revelación de darse cuenta cómo pasan los años, qué es lo importante de cada día. Parecen que ven con más tranquilidad que nadie que lo importante no es no equivocarse, sino tener asumido que más tarde o más temprano lo vas a hacer.

Y así, fieles a su filosofía en esto de hacer música, de dar pases, sin sobresaltos, sin excentricidades, sin peinados arriesgados ni declaraciones de portadas, han conseguido rendir al país entero. Incluso en Madrid hay señores con bigote que se ponen de pie cuando pasean su sonoro catalán por la capital. Sin dolores. Sin dramas. Y ya aparecen por cualquier escenario desde las pequeñas salas hasta los grandes festivales… porque hay ganas de escucharles…

Es natural.

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