Crónica // Tricky / Sala Heineken

Tricky
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

El pasillo es largo, estrecho. Goteras inagotables salpican de sonidos una oscuridad intermitente. Los fluorescentes que en otro tiempo iluminaron todo ese cerebro ahora, tintinean. Creando destellos de una lucidez que asusta. Iluminando sordidez. Los pasos son inseguros. Titubeas. Hay constantes codos que salvar, innumerables saltos a lo desconocido. Tuberías que transportan ideas perturbadas recorren el techo pegadas a otras que sólo llevan talento. Abrazadas. La humedad genera un latido monótono y al avanzar pierde el sitio. Otro codo y aparece una luz que no te deja. Hay más. Un punto que se convierte en vano, ventana, puerta, nuevo mundo, sala de estar y en medio, en un trono, Tricky.

De un salto de pie. Al segundo sin camiseta. Y desaparece la luz. Se intuye mirada fija, media sonrisa. Alguien tira de ti y no hay manera. La puerta por donde has entrado ya no es puerta. Una rata corre en su lugar. ¿Salidas? Sólo hay una. Caminas detrás de él hasta que la voz quema tus ojos. Y no es la suya. Es voz de mujer. Tranquila, punto de dulzura. Pero lo que ves sigue saliendo de un callejón de barrio bajo. Huele a peligro y a desengaño. Las gotas se han convertido en una base lenta, balsa de dramas. Un lugar donde apoyar las angustias y transportarlas. El pecho se hincha pero nada entra, las manos se retuercen. Los ojos buscan una luz a la que agarrarse pero nada surge. Nada es. Cambia, modifica, dinamiza. Vuela sin llegar siquiera a existir.

Alguien te empuja. Con violencia. Desde un costado. Suficiente para salir volando pero en seguida otro empujón desde el lado contrario. Energía proyectada desde todo los puntos consigue dejarte inmóvil. Hay manos, cuerpos, gritos, felicidad e histeria. Las bocas te rugen el oído. Los brazos te aprietan la existencia. Saltos a tu alrededor, alguien escupe. La luz parece clarear y vislumbras una turba. Demacrados, anónimos. Demasiada vida y sobre ellos, levitando, la imagen de un Tricky en éxtasis, poseído por miles de incondicionales. Prestando su cuerpo a todos los exorcismos del mundo. Fieras hambrientas de fama disponen de él. Y él se deja devorar.

Pero a un gesto desparece el hambre. Queda una habitación limpia, de luz blanca y paredes acolchadas. Y sin embargo nunca expuesto en medio, Tricky. Quieto, como una verdad, esquiva toda la luz proyectada sobre él. Un anfiteatro de manicomio. Una locura convertida en espectáculo. Es su momento, la explicación. Su conducta errante, bajando escalón a escalón desde Massive Attack. Buscando siempre el escalón inferior. El paso menos. Micro en mano, lo que no queda por decir. Métodos para expresarse, útiles herramientas de un sistema privado e incomprensible. El mensaje queda claro, pero no llega. Se pierde en la luz. Lo pierde la luz. La falta de luz. Su exceso de luz. Cerebro excesivo, excesivamente iluminado.

Los conductos de comunicación funcionan. Son estrechos pero funcionan y las cosas van llegando. El último paso convierte a Tricky en humano. Y por tanto desaparece. El pasillo termina y se convierte en la calle Princesa. El final. Hay regusto de genio y también de perturbado. Nadie parece capaz de caer tan alto ni demostrar ser capaz de subir tan bajo.

Y cuando te giras, a tu espalda nada queda. Pero al volver los ojos hacia dentro lo encuentras. Ahí está. Escapando, una vez más, de su propio final.

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