Crónica // White Lies / Sala Heineken

White_Lies
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Perdona, tengo una deuda pendiente. Tengo que ser consecuente y volver la mirada a hace algún tiempo. Allá cuando la juventud se empeñaba en enseñarnos la cruda realidad… soñar sin descanso y huir sin parar. Vivir eternamente corriendo detrás de tus sueños. Viéndolos escapar. Deseando a quien no se fija en ti y dándole la espalda a quien te busca. Aquellos años en los que la vida se empeñaba en demostrarte que ya nada era un juego. Que la vida se va y te deja con las palabras sin decir, con el estribillo a medio componer. Una época tan difícil como creativa, cuando con cada frase, con cada borrón demuestras que nadie es mejor que tú. Que todo está en tu mano y que no hay metas, sino simples pasos que dar. Cuando aún no sabes que todas las ideas absolutamente geniales que brotan de tu mente, como actores en un casting eterno, no son originales. Alguien, antes que tú, había pensado en todo eso… en todas las sensaciones que te rodeaban como vírgenes de un harem y no resultaron ser más que rameras de barraca portuaria… Cuando ser joven no era nada más que estar rodeado de mentiras blancas…

Déjame que vuelva sobre mis pasos. Que repita tardes de marzo cuando mayo está empezando a caer. Que encuentre de nuevo el eco de Harry McVeigh gritando, con su cara de adolescente pendenciero y sensible, que no quiere desperdiciar su vida. Rascando con precisión de relojero el ánimo de todo aquel que tiene la suerte de escucharle. Que quiere marcar con habilidad de martillo neumático todas las noches de bailes definitivos y promesas definitivas, imposibles de cumplir. Necesito volver a aquella noche de verdadero fervor, de alegría compartida y sonrisas blandas. Cuando éramos más jóvenes y más pobres y por tanto más felices, más sencillos, más de verdad.

Aunque en realidad nada fuese del todo cierto.

Las luces se encendían fuera mientras todo se iba apagando por dentro. Hacía más calor del que esperábamos y había más gente de lo que podíamos llegar a imaginar. White Lies aparecieron en el escenario cuando tú pensabas que todo podría haber sido mucho más fácil. A mí, sin embargo, me faltaba el ánimo. Hora y media después tú decías que los chicos ahora sabían hacia donde ir, aunque no les conviniera el destino. A mí me parecía que aquel oscuro lago era mucho menos profundo de lo que parecía… y por aquella misma razón era aún mejor. La juventud obsesionada con problemas menores, tan dolorosos y simples que bastaba con dedicarles una canción para completar un exorcismo de saltos y euforia.

Una manera tan sutil de ser feliz, que convierte toda la gravedad de años de filosofía, en palabras.

Tardé un par de meses en darme cuenta de todo esto. De la superficialidad que escondía esa música, esos anhelos, en lo más profundo de sus notas. Y tardé al menos dos meses más en ver que aunque no hay concierto lo suficientemente importante como para cambiar el curso de una vida, su función no es esa. Sólo se trata de disfrutar, de encontrar respuestas sencillas a problemas reales. Sin pretensiones. Sin ser nadie especial. Asumiendo que la música es capaz de hacerte feliz a base de intensidad y sinceridad.

Nada más.

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