Crónica // Standstill / Círculo de Bellas Artes

standstill_2
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

En el escenario se recorta la silueta de una desgracia. Una llamada en plena madrugada y cuando quieres darte cuenta te encuentras en mitad de un drama desconcertante. En un momento tienes que tratar de elegir las mejores palabras para firmar la despedida. Para ponerle el punto y final a una relación que empezó hace ya demasiado tiempo como para tener ahora la cabeza lo suficientemente despejada. Ya nada ves de lo que hay delante de ti. Imágenes antiguas deslizan ideas. Cada objeto de tu pasado, de tu infancia se convierte en esencial. Y ni siquiera eres capaz de sentir nostalgia o tristeza por lo perdido. Sólo recuerdas aquella sensación de domingo por la tarde, sentado ante la ventana, soñando, ilusionado. Esperando que tu vida futura fuera decente. Esperando que vivir fuese, con el tiempo, algo mejor que aquello. Sin embargo después, cada año iba demostrando que no había mucho más que vivir. Que las risas, las carreras, los fuegos artificiales no tardaban en perderse, en difuminarse. En pudrirse y en convertirse en avalanchas contra las que había que protegerse. Y la infancia se fue poblando de instantes que nunca terminaron de ser definitivos… Quizás por esa misma razón había que salir a la vida, de frente. Valiente.

Sin embargo las mismas palabras que sirven para dar un paso adelante sirven también para echarse atrás. Sólo hay que cambiarles el tempo, el ánimo. Ahí es cuando te das cuenta de que poco a poco te has ido engañando a ti mismo. Defraudando, cerrándote salidas. Ignorando tus propios reproches. Te vas dejando caer en una espiral de desgana que te va reduciendo el espacio. Recortando el mundo hasta convertirlo en una sola habitación. Esperando que alguien surja y te aleje del cine, la radio, los vicios, la filosofía barata. Aunque en realidad sólo hace falta tener ganas de salir de ahí… ganas de dejar de interpretar un papel que no es el tuyo. Ganas, sobre todo, de mirar hacia adentro, de conocer todos los siniestros personajes que se esconden dentro de uno. Aprender que por mucha fuerza que parezca tener la juventud no habrá ni un solo joven que consiga retenerla eternamente. Sólo hay que sentarse a ver pasar una a una todas las decadencias del mundo. Y confiar en que alguien sea capaz de amarte tan decadente como hayas conseguido ser y así, sin proponérselo, salvarte.

Y cuando la encuentras, o mejor, cuando ella te encuentra a ti, todo cambia. En ese momento, cosas que no parecen tener importancia, la asumen. Gestos sencillos, sonrisas, frases sueltas de conversaciones agradables, se convierten en la razón de ser del siguiente paso. Confías en ti porque hay alguien a quien le parece importante lo que tú eres. Lo que eres capaz de vivir. No espera que hagas nada, es más, si se te ocurre tropezar no te sujetará, pero te mirará divertida a tu lado, asegurándote que cada caída superada no es más que una manera más de sobrevivir. De sobrevivir, piensas tú, gracias a ella. Capaz de volver a despertarte la ilusión. La misma que tenías de pequeño en la noche de reyes. Porque ella también parece saber qué necesitas, que anhelas. Y aunque todas las relaciones del mundo tienen sus averías, la paciencia y la constancia son los mejores mecánicos. Y las cunetas están para pararse a pensar, a revisarse, a comprobar cuánto trecho se ha recorrido y por dónde nos va a llevar el camino que queremos coger. Y volver a la carretera, tirarse de cabeza a vivir, y dar cada paso con la fe de un elefante. Sin perder de vista el objetivo final, olvidando todo lo circunstancial. Teniendo claro que lo único que nos quedará será, simplemente, lo que hayamos podido construir entre los dos. Ya sea una vida propia o una nueva vida. La confianza de crear juntos algo que respira. Y en el escenario, esta vez, se recorta la silueta de una alegría.

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