Crónica // Nudozurdo / Sala Caracol

Nudozurdo
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Nudozurdo
es ese chico que se sienta abrazado a sus rodillas a mirar el mar durante horas. La cabeza protegida por los hombros altos. La mirada escondida en el flequillo. Ese chico que no sonríe, que no habla demasiado, que no parece que le preocupe lo que piensen de él. Un chico alto, de manos afiladas, con tanto talento escondido que posiblemente su propia madre piense que su hijo es un simple perturbado más. Con sospechas terribles sobre los ruidos y las luces que se escapan por debajo de la permanentemente cerrada puerta de su habitación.

Nudozurdo se sienta al final de la clase, con la mirada clavada en su libreta llena de letras cruzadas sin aparente sentido. Siempre auriculares en sus orejas, escupiendo una y otra vez temas de Joy Division, de Jesus & Mary Chains. Su silencio obstinado, impertinente, reduciendo su conversación a unos parcos “gracias” y “adiós” y la sensación de intuir que pasan millones de cargueros a la deriva por su cabeza, crean un hipnótico efecto. La gente tiende a acercarse a él, porque atrae todo ese ruido, tantas ganas de pasar desapercibido, de alejarse no ya solo del camino marcado sino de todos los caminos conocidos. Preparado para abrir un esperadísimo concierto y presentar un ansiado tercer disco con una balada lenta cantada con voz de mujer, con otra voz que le permita alcanzar el ansiado segundo plano.

Porque a Nudozurdo la atención le abruma, le asusta un poco incluso. En conversaciones consigo mismo se pregunta a dónde le ha llevado esconder lo que siente. Cuando todas las heridas que ha provocado su orgullo no han dejado de sangrar para adentro. Por eso sus canciones (pesadas, rebosantes, secas, perturbadas, salvajes, pero salvajes a la manera de los animales salvajes, sin amaestrar, no dóciles) son contradictoriamente optimistas. Toda una huida hacia delante de las propias miserias. Una manera de compartir todo lo que se ha quedado clavado en la garganta, como una mala tarde de mayo imposible de digerir.

Y ante toda la tristeza que viaja a mil kilómetros por hora a esa altura que queda entre el pecho y la cabeza, Nudozurdo propone su propia terapia de escape: guitarras que imaginan realidades mejores, que tiran de ti hacia arriba, alejándote, mientras bajos pacientes y baterías constantes te clavan en el presente, en una realidad constantemente soportable y, precisamente por eso, definitivamente cruel. Separándote el alma en dos y repartiendo tu cuerpo por mil espejos distintos.

Nudozurdo quiere acostarse con una chica guapa, por supuesto. Pero también tiene claro que entre todo lo que hay dentro de su cabeza, sin ordenar, como la habitación de un adolescente, se esconden las claves para conseguir llegar frente al espejo el día de mañana. Sólo él es capaz de decirse cómo demonios se hacen todas esas cosas que no piensa hacer. No al menos todavía. No si es como esperan que lo haga. No así. No tú. Y, por supuesto, no yo.

Una vez, en una fiesta, bebió de más. También es verdad que nosotros tampoco estábamos muy sobrios. Pero el alcohol se le agarró por dentro y perdió un poco los papeles, toda su tranquila pero dañina forma de ser. Llegó incluso a gritar que era el hijo de Dios. Pero gritaba con tanta clase, con tanta seguridad que muchos de los que allí estábamos le creímos. Fue capaz de contagiarnos el poder, nos sentimos inalcanzables. No había pena capaz de correr tan rápido. Y sin embargo, al llegar la mañana, volvió a quedarse callado mirando al mar. La resaca nos dijo a todos que el que nos había parecido el hijo de Dios no era más que Nudozurdo

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