Crónica // Crystal Castles / La Riviera

crystal_castles
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Vamos, no pierdas el tiempo. Ven, pasa. No mires atrás y no hagas preguntas. Estás en tu casa, con los tuyos. Quizás ahora no los reconoces, pero son los tuyos, son como tú. Este perfecto ejército de epilépticos está a tu servicio. Dispuestos a rodearte y a perder tanto el control que cuando tú te abandones definitivamente nadie se dará cuenta. Será tan sencillo como dejarse llevar. Dejar entrar el torrente por tu boca, por tus orejas, que corra por tus entrañas y atemorice a todas tus células. Será como pasear por un bosque oscuro de noche, salpicado de histeria. ¿Puedes oírlo? Es el sonido de la salvación. De la locura. Y de la salvación a través de la locura. Son Crystal Castles.

Perdóname señor porque te pierdo de vista. La cabeza se me va, bracea, boquea buscando aire y cuando me asfixio tu imagen se difumina. Perdóname señor porque tus contornos se borran en mis ojos, porque tu mancha se limpia y tus dedos no me tocan ya. Perdóname porque es una secta tan potente que es muy difícil resistirse. Afloja los nervios, relaja la desconfianza y libera la mente hasta el absurdo. Las peores ideas las convierte en obviedades. Y hay un batería al fondo, oculto tras una manada de jóvenes poseídos y una cortina de humo y sudor, marcando un ritmo imposible. Un ritmo que tú no podrías seguir, señor. No con esa incómoda túnica y esas sandalias tan poco preparadas para la pista.

El texto de la revelación está escrito en golpes de sampler, en teclas distorsionadas hasta la saturación. Es un libro sagrado, incorruptible y físicamente pesado. Su autor tiene manos y pies y unos brazos largos que le llegan hasta el alma de todo el que le lee. Tiene rodillas que se doblan y a veces incluso voz, pero no tiene cara. Tiene pelo y barba, y una capucha eterna que le cubre mientras escribe las frases que hay que seguir. Son frases que se te clavan por la repetición. Una y otra vez. Con pesadez y constancia. Una capucha que nos cubre a todos haciéndonos uno solo. Una capucha para unir a un pueblo. Y cuatro frases por canción. Sencillo, directo, fácil, poderoso, perfecto para calar y aducir. Un terremoto de arriba hacia abajo que no deja de ascender.

Y su profeta, qué decir de ella. Si sus primeras palabras las dijo con sus pies, caminando sobre su público como si fuese la elegida. Convirtiendo gritos en notas y susurros en oraciones. Meciendo el templo con su media melena. Regalando pantalones de boxeador y mostrando mallas ajustadas. Los ojos perdidos porque su mirada estaba en cada uno de nosotros. Sin quitarnos la vista de encima. Controlando sin necesidad de levantar la cabeza. Todo en ella está tan poco tiempo que nunca sabes cuándo se fue ni tan siquiera si alguna vez ha estado. Como su voz. Si no grita no la oigo y no sabes si es porque no tengo que oírla, porque se ha callado o, sencillamente, porque la han devorado en las primeras filas en señal de sacrificio reflexivo. Y cuando se muestra, su voz, está tan distorsionada que anula todos los aspectos de tu voluntad, alejando al sentido común de tus pies. Muerta y sin aristas de ningún tipo. Va de frente, a por todas, con la inconsciencia de un toro bravo puesto de MDMA.

Así que ven. No lo dudes más. Pero ven con todo. Ven si tienes fuerzas. Si eres valiente de verdad. Si tienes ganas de venir y vas a ser capaz de soportar una hora a este ritmo. Pero olvídate de la inconsciencia gratuita. Olvídate del todo vale. Aquí ya nada vale.

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