Crónica // The Posies / Sala Heineken

the_posies
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Entre Seattle y Malasaña hay cerca de 12.000 kilómetros. Pero entre la Sala Sol y la Heineken de Madrid no hay tanto. Sobre todo si las dos se convierten en el hogar de los años 90. Al menos de mis años 90. De lo que me interesaba y me hacía sentir diferente en los años 90. En la misma noche homenaje a Carlos Berlanga y concierto de los Posies. Mi adolescencia llamándome para quedar. ¿Por qué los Posies al final? Porque, cruda y sencillamente, Carlos Berlanga está muerto y los Posies no, ni mucho menos.

Un muerto no es capaz de escupir tanto y tan lejos como Ken Stringfellow. Lo hace cada vez que canta como para liberar el sobrante de rabia que las canciones no le terminan de gastar. Porque tanto él como Jon Auer tocan y saltan como si fuesen adolescentes, se visten como adolescentes, se pintan las uñas de negro como adolescentes descarriados e incluso se peinan como se peinaban los adolescentes hace 20 años pero, ay el tiempo, ya no son tan adolescentes. Son dos tipos de 42 años, con callos en las manos de tocar y un gusto insultantemente sencillo para la música. Una especie de marineros de rock dulce y pop salado.

Con las guitarras se cagan en dios y con el tono de voz le dan gracias por la vida que les ha tocado vivir. Bofetadas con los trastes y caricias con las cuerdas vocales. Lo han hecho toda la vida y lo repiten en Blood & Candy, que acaban de sacar a la luz. 17 años después del Frosting on the Beater y estos chicos siguen sacando discazos, o al menos a mí me sigue interesando el rumbo que llevan marcado desde que zarparon.

Y todavía, de vez en cuando, el bueno de Jon Auer –sudadera de capucha, media melena cortada en dos por lo que ya empieza a ser un generoso cortafuegos, papada abundante, blanco como la noche, adorable y aterrador, lo mismo te compone un temazo que empieza a disparar a discreción desde la ventana de su casa- se pone a puntear. Eleva el mástil de su Gibson al cielo como si el escenario fuese un barco en el que casi nadie quiso embarcar y entra en trance… y a veces aún crea instantes en los que realmente merece la pena estar así, una cuarta por encima del suelo.

Y el viaje que propone este navío sigue siendo el mismo que ha hecho desde que estos dos lobos de mar botaran su barco estrellando un Fracaso en su casco. Un crucero por mares tranquilos, agradables vientos salados en la cara, vistas tan infinitas como evocadoras. Y después por tormentas rizadas, abismos y crestas como dientes de sierra. Cambios de ritmo como ataques de epilepsia, como ataúdes de alfileres, como goles en el descuento…

No se cansan los Posies de los escenarios. Llevan tanto tiempo navegando por tantos, en tantos lugares, que ya no le tienen miedo al naufragio. Otean el horizonte, charlan entre ellos del estado del mar, se hacen bromas como agradables marineros aburridos. Conocen tan bien este mundo que aunque no quisieran seguirían disfrutando. Capaces de repetir un tema sin que nadie se lo pida sencillamente porque no se han quedado a gusto con cómo ha salido. Y siguen consiguiendo que todos los peces nos quedemos muy quietos, saltando y bailando, de acuerdo, pero muy quietos en el fondo, sin perder de vista ni uno solo de los gestos que nos regalan. Y no pretenden pescarnos. No se molestan si nos vamos unos años a echarle un ojo a otros barcos que pasen cerca, o viajando hasta el fondo a admirar lo que queda de otros pecios. Porque saben que al final siempre volvemos. Siempre que sigan haciendo lo que saben hacer, porque es muy fácil disfrutar de esa cosa que los Posies hacen que es cantar tan bien que duele.

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