Crónica // Devendra Banhart / Joy Eslava

devendra_banhart
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

No more dramas”. Bien claro lo ha dicho. Nos lo ha dicho ahora, entre los pelos de su barba contenta, pero ya nos lo había dicho bien claro cuando sacó este disco. Se acabaron los dramas. Se acabó el sufrir y el llorar. Todo un augurio para ser 10 de julio y volar entre todos nosotros un aire de campeones del mundo a medio creer.

Devendra Banhart empuja el buen rollo- quién nos lo iba a decir.- Vestido pulcramente de rojo, con una chaquetilla amarilla, este chico dice mucho más de lo que calla. Y dice que quizá no pueda ayudarte pero que, qué diablos, al menos te va a sonreír. Y ayuda; y hace que la sala se menee como una playa caribeña. Y todos los que le miramos con la felicidad asomada a los ojos, olvidamos que mañana hay cosas que hacer. Que está a punto de entrar una nueva semana en la que habrá que ir a trabajar, la cita con el médico, arreglar esos papeles, no te olvides del dentista… todo eso desaparece y el núcleo ardiente y líquido de nuestros cerebros se planta en el hoy, en el ahora, en el ya y no hay dios que lo mueva de ahí.

A este muchacho doloroso y feliz lo vieron crecer las calles de Caracas y su castellano es tan dulce como caribeño. Juega con nosotros, con las palabras, con los cambios de ritmo, con los tonos, los idiomas, los géneros musicales, la guitarra, el teclado, las cuatro pistas, pruebas de sonido, reminiscencias, Caetano Veloso, Beck, Nick Drake, Manu Chao, danzas tribales, Joy Eslava y el ron. Ese ron al que da pequeños tragos mientras avanza por una especie de viaje tranquilo y relajado en el que ha convertido esta noche.

A su alrededor, por cierto, la banda The Grogs actúan como actuaría una cla perfecta. Sonríen cuando tienen que sonreír y desaparecen cuando el artista se pone profundo y ambiguo. En grupo, tocando, parece como si de repente hubiesen puesto paredes y techo a una actuación callejera, atrapando el momento, con la multitud agolpada asombrada ante ellos también, cazándonos a todos en una jaula de solera e historia madrileña.

Pero entre canción y canción Devendra deja mucho más. Deja detalles de ser un humano real. Porque no olvida que a él mismo le descubrieron cuando alguien más importante de lo que parecía le escuchó en una pequeña sala de Los Angeles. Por eso ofrece guitarra y escenario a quien tenga algo que cantar. Y ese alguien se llama Ricardo, que sube y toca y canta un tema escrito la noche anterior. Todo parece nuevo y torpe menos Devendra, que poco a poco comienza un humilde acompañamiento al que se une el resto de la banda, elevando a Ricardo al nivel de compositor y convirtiendo sus inspiraciones nocturnas en toda una canción.

Creando momentos. Disfrutando el instante. Como cuando tenía 7 años y se subió por primera vez a un coche. Vomitó, sí, pero también escuchó una canción que ahora versiona, sacando una alegría de cada uno de los dramas que le ha ido regalando la vida.

Delgado, escurrido, débil, oculto tras un nombre que siempre pensé que era de mujer hasta que le vi los pelos, Devendra parece pequeño, callejero. Un perro listo que ha ido dando tumbos, de casa en casa, de país en país, buscando siempre una corriente a favor que le acerque a algún lugar mejor, despreocupado y moderno… hippie, eternamente enfrentado con el diablo y con Dios. Pero no puede ser. Hace falta tener ayuda de alguno de ellos para haber estado saliendo con Natalie Portman.

Devendra mola.

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