Crónica // Día de la Música / Teatro Circo Price

Sr_Chinarro
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Corre. Chinarro está a punto de empezar y no nos lo podemos perder. Quizá sea lo mejor de la mañana. Sí, lo sé, es domingo, mediodía y quieres dormir pero no hay opción. Es el Día de la Música y hay que vivir. Coño, hay que vivir. Mírale, serio, sereno, desafiante. Esa barba es el punto que le faltaba para que el mundo se dé cuenta de que Antonio Luque es el gurú del indie español. El espejo donde mirarse, las manos que imitar, la poesía que leer. Tiene muchas cosas que contarte pero no es el tipo de persona que te persigue para explicarlas… no, te tendrás que preocupar tú por aprenderlas.

Y los chicos de Hola a Todo el Mundo parece que se las saben bien. Van paso a paso en cada canción. Construyendo unas melodías agradecidas a base de fundamentos y melenas. Hippies como los 70, directos como los 80, oscuros como los 90 y sinceros como estos últimos años. Llevan tiempo aprendiendo y merece la pena no quitarles una oreja de sus xilófonos, banjos, campanillas y demás sonidos diferentes que aportan. Han conseguido convertir a Triángulo de Amor Bizarro en épicos. Con la ayuda de esa voz que gasta Chinarro tan de señor. Tan rotunda y frontal. Cantada con las manos en los bolsillos y la frente salpicada de existencia.

Hay un in-pass. Perfecto. Tú busca un café, yo recorro los puestos del mercado que le han acoplado al Price. No sé si comprar los relatos de Nacho Vegas con regusto a Bukowski asturiano. O la biografía de Fernando Alfaro… la cantidad de cosas que se deben de ocultar en esa cabeza… me decido por un par de recopilatorios de Jabalina y de Elefant… hay que pagar por la música de vez en cuando, para que no se nos olvide quién hace bien las cosas…

Así, en plan dominguero, con periódico (Mondosonoro de cabecera) y pan (dos cedés), me planto en primera fila sin pegarme con nadie. Una pena. Nunca he lamentado tanto no estar rodeado de gente en un concierto. Es una verdadera lástima que millones de personas no puedan pegar botes al ritmo de estos chicos franceses. No creo que se afeiten los cuatro, pero tienen ganas de arrancarles los pelos a los amplificadores y van a conseguir que salgamos a comer completamente agotados. Te mueven hasta con el nombre, The Popopopops nos enamoran a todos. Ahora vuelves… una pena, te has perdido media sesión de baile francés…

Será por eso que el otro francés invitado no viene. Benjamin Biolay tenía que acompañar a la solvente Christina Rosenvinge. La ley del aprovechamiento de los medios. Cantando poco, tocando flojo y la Rosenvinge ya es la princesa del cuento. Una pena que su príncipe azul francés no haya podido venir, pero casi mejor. Chinarro sabe cantar incluso en el idioma de la Revolución. Esta rana no necesita que nadie la bese. No ha venido aquí a cambiar.

Vamos a comer y volvemos rápido. Me han hablado maravillas de Band of Skulls y de FM Belfast, pero creo que necesito más horas en cada día… Vuelvo para ver a Manel, y los chicos de Barcelona también tienen poco tiempo para demostrar que el folk se puede cantar en catalán y que quede bonito. Una pena que tengan que explicar las letras en castellano antes. A mí me gustan tal cual suenan, con esa Gent Normal que me hace sonreír y con temas como Al mar, que son de esos que te hacen desear estar enamorado.

Una cerveza, o quizás dos para recibir a Nacho Vegas. Debería estar prohibido que le vieran los abstemios. Nacho es el envés del mal. Está en la cara oculta del infierno, liándose un pitillo y componiendo la banda sonora de todos nuestros entierros. Es tan grande que deprime. Su aspecto no anima mucho más. Declaro, además, mi profunda admiración por Abraham Boba, su pianista, y por su peinado de concurso.

Pido perdón a Fanfarlo y le dejo una nota a Delorean. Me rindo. Tengo que dormir. Mañana es lunes, hay trabajo, juega España. Esto es un mundial, coño… y hay más Día de la Música.

Cuando Villa mete el segundo a Honduras salgo de El Cartel, el bar que hay junto al Price y paso a ver el final de Standstill. Una debilidad. Creo que este año nadie va a hacer mejor disco que ellos en este país. Y acaban con clásicos. Quisiera no mover la cabeza como un animal empapado escuchando Cuando, pero soy incapaz. Tengo ese tema escondido en el pecho.

Bajo a la pista a recibir a porta gayola el fin de fiesta. A mi lado los chicos de Polock firman autógrafos, se hacen fotos. Tú dices que han estado bien. Te creo. A mí me ha gustado más Busquets. Para gustos, bandas. Se apagan las luces, la gente se anima. Hay ganas de bailar. El escenario está a oscuras y sólo se ven dos “x” iluminadas. Salen, por supuesto, los muchachos de The xx. Tienen clase. Renuncian a casi todo y aún así son agradables. Pero pronto se pasa el efecto. En casa, escuchando el disco, es distinto. En directo cuesta trabajo mantener la atención. No hay batería, sino un chaval tocando con sus dedos en unos botones que hay frente a él. Parece un tipo cabreado por haber olvidado el pin de su tarjeta de crédito. Se acaba la magia y sólo llevan cuatro temas. Sube algo con Basic Space pero no consiguen lo que logran en el salón de mi casa. Aplausos. Abrazos. Un placer. ¿Nos vemos mañana? No, es cierto, mejor mañana cada uno en su casa. Habrá que digerir toda esta música.

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