Crónica // Benjamin Biolay / Sala Heineken

benjamin_biolay
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

¡Qué bueno es! Corro detrás de las palabras tratando de encontrar las que descifren todo lo que pasó por mi cabeza y por los dedos de mis pies aquella noche y no soy capaz. No doy con ellas. Pienso que quizá todas las palabras sean pocas y, también, que pocas palabras sean demasiadas. Que los sonidos que salieron de ese escenario… mejor aún, que los sonidos que llegaron a mis oídos sólo los podré escuchar yo de aquella manera… son mis sensaciones… mi modo de vivir esas canciones. Nunca tendré la posibilidad de explicar lo que Benjamin Biolay consiguió generar en mí.

Porque su manera de cantar, su voz, coloreada por el humo de sus incontables cigarros, es tan profunda como mirar a tus propios cadáveres a los ojos. Doloroso y valiente. Sincero como un ataque al corazón.

Biolay viaja subido al escenario. Y deja en tu mano seguirle o no. Eso no parece importarle… pero si se gira y te ve detrás sonríe, con esa humilde sonrisa de desesperación francesa que tanto parece animar a quien la ve y tan poco parece hacerle vivir a quien la recibe. Él va de la suavidad más cómoda a lo áspero como la tos. Y desde ahí salta sin ningún pudor al vacío del drama, sin perder jamás la elegancia.

Y tiene el suficiente valor como para recoger todo lo que queda de la chanson francaise y convertirla en música de baile. O en un discurso cantado. O en un melodrama a dos voces cediéndole a su atractiva arpista el protagonismo en unos largos minutos en los que él se ausentó del escenario.

Biolay es capaz de hacer canciones tan redondas que da miedo escucharlas demasiado, por si acaso la rutina termina matando las sensaciones que producen. Es responsable de un disco soberbio, que se hace personal en los oídos más que en la garganta. Pero además está rodeado de una calidad musical del tamaño de la Torre Eiffel. Donde, desde la constante batería hasta los lamentos del theremin, empujan a ese tobogán en el que montamos todos. Y poco a poco, al salir de la sala, uno a uno vamos cayendo en una espiral dibujada con mano firme pero lenta.

Manos en los bolsillos, silenciosa voz profunda, el flequillo cubre un solo ojo, la cabeza se ladea, la mirada no busca, vaga, el paso al caminar es un dormir una noche en la calle, hace frío, el cuello de la chaqueta sube, empieza a llover, muy fino, como agujas, alguien baja una persiana a lo lejos y, más lejos aún, ladra un perro, sobre el silencio de la noche se yergue el sonido de los pasos propios, de un avanzar sin meta, de la respiración constante, del ascender del humo del cigarro, la boca sabe aún a ginebra y a tabaco y a más de un amor que casi parecía olvidado, pero la memoria ya no busca qué recordar porque todo se ha perdido y, precisamente por eso, todo, absolutamente todo, está aún por conquistar.

Sólo quedan batallas que ganar.

Anuncios

2 pensamientos en “Crónica // Benjamin Biolay / Sala Heineken

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s