Crónica // Love of Lesbian / Casa de Lorenzo Castillo

love_of_lesbian
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Voy a la cocina. De la nevera saco una cerveza y me la sirvo en una jarra de cristal. La compré en Dublín y sólo la uso en ocasiones especiales. Desde la ventana se ve la noche acercarse a la ciudad. Hay gente en la calle pero bastante menos que en casa. Doy un trago a la cerveza y sonrío… no todos los días tienes a Love of Lesbian tocando en el salón.

Y ahí sí que no hay hueco para artificios. Ante más de ochenta personas sentadas en el suelo no hay resquicios para maniobras de escapismo. Más aún si en primera fila, a tus pies, se sientan unas adolescentes fanáticas. Ese público que sigue a Love of Lesbian allá donde vaya y que echa para atrás a un montón de indies que reniegan de los de Barcelona. Los que, aunque escuchen grandes temas, cierran los oídos por culpa de esas niñas que gritan en la primera fila de los grandes pabellones. Ya se sabe el repelús que da el éxito a un montón de musicólogos.

Aunque algo de culpa tienen los lesbianos. Empeñados en hacer el payaso en todos los circos que montan. Juegos de palabras, letras humorísticas, disfraces, bailes entre el público… actos que les acercan tanto a sus seguidores que llegan a restarles algo de credibilidad a su pop redondo e iluminado. Piezas de orquesta de cámara del siglo XXI que pegan dentro con mucha facilidad y, sin embargo, se empeñan en acercarse demasiado para asegurarse el toque. El ídolo se empeña en hacerse colega y uno siente que no era necesario.

Por eso, acostumbrados a tratar de reducir grandes espacios con carisma, el salón se les hace demasiado pequeño. A ratos angustioso. Salen nerviosos y se ve. Se ve cómo las manos sobran y, si no tocan algún instrumento, vagan en gestos torpes alrededor de los bolsillos del pantalón. Se ve como se buscan con miradas cómplices tratando de encontrar algo de calma común. Todo está demasiado cerca, todo demasiado a la vista. Así que a tomar por el culo con la cortesía y las frivolidades. A pecho descubierto y con la delicadeza que exige la vecindad pegando la oreja al otro lado del muro.

Afrontan canciones olvidadas, recortes de sus discos en versión acústica y sentida. Incluso se atreven con una joya escrita por Antonio Vega que consigue erizar los pelos de las alfombras. Se han visto enredados en un cuerpo a cuerpo con la música y después de dudar y recibir un par de golpes han sacado su calidad y ahora pasean por la casa como si fuese suya.

Tan cómodos se sienten que el concierto empieza a parecerse al que dieron hace un mes en el Circo Price. Santi Balmes se cuela entre las primeras filas para cantar algún tema, relajado, rodeado de miradas muy cercanas de admiración de mujeres de espíritu quinceañero. Alguna, además, no tiene más de quince años. Y hacen bromas y hacen reír porque son realmente graciosos… y eso les vuelve a alejar de ese halo de banda importante, de músicos sensatos con historias trascendentes que contar. Ahora parecen sólo buena gente, unos buenos amigos que han invadido el salón de casa para hacer música, oye, más que decente.

Y así, como amigos que saben cantar y no como una banda que ha podido firmar algunas de las mejores canciones pop en castellano de los últimos años, se van. La gente sale detrás, la noche ya se ha cerrado. Y con este sentimiento de triste paz me quedo divagando mientras recorro los pasillos… ¿quién va a limpiar todo esto?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s