Crónica // Gil Scott-Heron / Joy Eslava

gil_scott_heron
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Juro que no conocía de nada a este hombre. No sabía ni que, para muchos, de su cabeza surge todo lo que hoy es hip-hop, ni que había grabado más de 20 álbumes. Desconocía que era un tipo de 61 años, con la cara marcada de sonrisas, con una facilidad de monologuista para la palabra y una visera perenne que esconden ojos de sabio. Por no saber ni siquiera sabía que era negro pero ya ves, uno tiene que seguir siempre los consejos de los buenos amigos y ahí estuve yo, en mitad de la magia que se empeña en crear Gil Scott-Heron.

Pero en seguida todo parece una reunión de viejos conocidos. Ese hombre lleno de huesos y verdad empieza a hablar y con su voz y su tono de amigo contando anécdotas con la nube de ceniza del volcán, te hace relajarte y sentirte uno más, un compañero de instituto que ha montado una banda, un hermano. Pero después se sienta ante el teclado y, mientras juega con él, comienza a hablar y a cantar y supongo que así es como sonaría si Dios se dedicase profesionalmente a doblar documentales de la BBC. Esta es la famosa poesía cantada… o las canciones habladas…

Tras un par de temas sacados de debajo del pecho, aparece el resto de la banda. Todos relajados, todos sonrientes, todos con camisa y chaqueta. Percusionista, teclista y saxofonista. Y todo, absolutamente todo, desde las notas que salen del saxo al humo que trata de conquistar el vetusto techo de la Joy Eslava, parece sinceramente improvisado. La gente aplaude con calma, como si temiera romper algo. Y entonces el saxofonista deja su instrumento y toma una larga flauta plateada que siembra de cariño para recolectar nota tras nota… y prometo que yo seguiría a ese flautista al fondo de un río profundo rodeado de niños y de ratas, saltando y sufriendo si él lo pidiera con su flauta.

Hay un punto de jazz, de blues, de darle vueltas y más vueltas a una frase de notas, una y otra vez sobre el mismo tema, susurrando por orden y a la carrera sobre los teclados, el saxo o las congas… Ese punto que impone el jazz en el que los aplausos no tienen por qué estar al final de una canción, en el que los músicos se turnan por el respeto y las bocas abiertas de par en par, en el que van pasándose la atención como la pelota que hipnotiza a un público con agujetas de sonreír. Ese punto en el que cada canción tiene la duración que tiene, y cuesta saber, una vez han decidido ponerle punto final, si se han pasado tocando cinco minutos o cuarenta. O si es que realmente llevabas esa frase en tu cabeza desde que naciste y ellos sólo han ido despertando el músico que nunca quisiste ser.

Y lo más sorprendente es que en esa atmósfera de paz, calma y sonrisas, se posa un ambiente constante de derrota, de gente que han visto escaparse la batalla, una sensación de fragilidad humana con la certeza, eso sí, de que más adelante habrá días mejores. Más adelante pero no hoy. Hoy el día ha sido tan bueno que no hay más remedio que darlo por perdido, porque con este ánimo no hay dios que llore las letras de Gil.

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