Crónica // Furguson / Sala Siroco

furguson
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Pica el calor y la humedad en esta recién estrenada noche de primavera junto a la costa. Matamos el agobio del tiempo de espera y de la multitud apiñada junto al escenario grande contándonos historias. Algunos, los de aquí, reconocen no haber dado ni un duro por ellos la primera vez que se los encontraron tocando. Hace muchos años ya… sería en 2009 más o menos, en la Sidecar, supongo. O en la 2 del Apolo, más preocupados por confraternizar con las camareras que por prestar atención a un grupo de adolescentes. Alguien cuenta que giró la cabeza y acodado en la barra dijo con estampa de Cary Grant: “No saben cantar. Sólo gritan. Ponme un whisky, preciosa.” Y era verdad. Entonces no sabían cantar. Ni les importaba lo más mínimo. Pero bueno, ni siquiera habían sacado su primer disco en aquella época.

Los de allá, los de Madrid, no tuvimos tanta suerte y esperamos bastante más para poder verles en directo. A principios de 2010, creo recordar que fue. Allí llegaron con su primer disco caliente como un pan de las 5 de la mañana. Aquella joya que se llamaba My friends are my culture y que todavía alguno guardamos como una pieza por la que podrían morir miles de indígenas si mi vida fuera Hollywood. Aquel primer agarre de este rockódromo por el que no han dejado de subir desde entonces los chicos de Furguson.

Un grupo de chavales de universidad que espera a nuestro lado nos escucha como a profetas, pese a que ahora las respuestas las tienen ellos y nosotros somos los que preguntamos. Sin embargo aprovecho la audiencia creada y cuento que entonces, lo que más me llamó la atención era de dónde venían. Mis amigos de Barcelona ríen y me burlan, pero para mí, en aquel entonces, la música venía de Granada, de Zaragoza, de Gijón o de Madrid o Barcelona. Capitales de provincia, ciudades más grandes o más pequeñas pero con salas, tiendas y lugares donde compartir inquietudes. A nadie se le podía imaginar entonces que en un pueblo perdido de poco más de 2.000 habitantes se hiciera música de la buena. Aquellas fueron, realmente, las primeras noticias de Gurb que tuve en mi vida.

Cuento también que me impresionó la juventud y el descaro. No pasaba ninguno de los 22, pero en aquel primer concierto que dieron en Madrid demostraron lo que querían hacer. Salvaje timidez. Sin despegar los ojos del suelo nos pegaron una pedrada en la cabeza; un silbido, un saludo. Lo acepto, desde entonces han tenido bolos mejores, pero aquella noche de sábado en la sala Siroco la recuerdo como si hubiese sido la semana pasada. Allí demostraron que había toda la (mala) intención del mundo de montar una banda. Que había ganas de liarla. Demostraron que sus orejas habían tragado con horas y horas de música. Y que cuando hay imaginación e iniciativa el virtuosismo pide copas en la barra mientras las chicas guapas se fijan en ellos. Demostraron también que no pretendían perdurar (incluso se olvidaron la guitarra y tuvieron que tocar de prestados). Pero venían desde tan lejos que le arrancaban la piel a tiras al mundo antes de comérselo, eso sí, con una mueca de preocupación en su cara.

Calla la música de continuidad, se intuyen sombras entre los instrumentos. El mundo se olvida de las historias de los abuelos. Hay músicos de verdad en el escenario. Comienza a sonar No return. Perfecto, empiezan con clásicos. La gente salta y grita y yo sonrío, recordando como aquella primera vez soñé exactamente con esto, con verles aquí, en todo lo alto. Imaginé todos los detalles, los gritos, el ambiente, las luces, el calor… Y ahora me dejo mecer por la marea, orgulloso como si hubiese sido yo el inventor de la mismísima guitarra…

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