Crónica // Shearwater / Moby Dick

shearwater
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

¿Y ese tipo quién es? No lo sé. Pero graba su voz de ultratumba para jugar con ella después. Y se quita y se pone la bufanda y hace gárgaras con agua y toca llaveros de sonidos y todo lo graba y todo le sirve para jugar y en mitad del juego se calla y empieza por otra parte diferente. Dicen que se llama David Thomas Broughton. Espero que sea su nombre real, porque si es nombre artístico habría que despedir a su representante. Sube a dos músicos de Shearwater y los pone a tocar con él. Con él y con otro tipo que lleva toda su actuación en el escenario de espaldas, toqueteando aparatos, haciendo ruidos, jugando con él. Entre los cuatro se marcan un tema profundo, sentido y conmovedor. Tanto que David aplaza un punteo para ir a abrazar a sus dos colaboradores. Les abraza y después se va… sin terminar, porque lo importante ya está hecho.

El señor Broughton, desde su eclecticidad, ha conseguido fabricar un clima de verano tardío. De sol de invierno calentito en mitad de la noche helada de Madrid. Por eso cuando empiezan a tocar, Shearwater nos deslizan por la suave garganta de la imponente ballena que controla el escenario de esta sala. Vamos encabezados, en ese descenso agradablemente atroz, por la voz de Jonathan Meiburg hecha para ocasiones más solemnes. Como si el aire que respiramos en esta sala se fuera a terminar de un momento a otro y esa melodía fuera su último uso. Y ahí vamos… naufragando con una sonrisa en la boca…

La sala respira respeto. Renacen los acordes una y otra vez y a mí se me erizan los pelos de la nuca, surge una incierta brisa helada a mi espalda que se cuela bajo mi camiseta, los hombros se me tensan y brazos y antebrazos se quedan indefensos. Entrecierro los ojos sin proponérmelo y suelto un profundo suspiro callado. Estoy, en una palabra, emocionado.

No hay tiempo. Arranques rockeros de repente, inesperados y algo ajenos al estado emocional general, pero oye, cuelan. Pasan como toques de atención, como ligeros llamamientos al pueblo. Y entonces recuerdan que en su Texas natal no suele hacer el frío que hace aquí. Que han escapado de Barcelona bajo la nieve para llegar, por primera vez en su vida, a Madrid. Y se arrancan con un elogio de la nube y del mal tiempo sutil, profundo, enmarcado en un silencio demasiado severo. Como dice el mismo Jonathan demasiado silencio para tratarse de un público español. Increíble por no escuchado nunca. Seco. Colgante. Limpio. Un tipo con pinta de dios vikingo (melenas de los años ochenta y camisa desabrochada sin mangas) se levanta de la batería y se acerca a golpear un xilófono con la delicadeza de una enfermera de pediatría. Mientras las manos del teclista se escurren como cangrejos al sol por entre las notas, dejando un velo de frío y bruma que cuesta cortar con aplausos. La canción se funde, desaparece y hay segundos en los que los músicos nos miran mientras nadie entre el público es capaz de reaccionar…

Se oyen hielos cayendo en copas. Se oye “dos pintas de cerveza” que alguien pide en voz baja. Se oye incluso el rasgar de entradas de la puerta. Se oye al frío llorando fuera por la emoción de Shearwater. Incluso escucho cómo se hinchan sus egos, poco propensos a hincharse.

Y después terminan. Pasean con gravedad un leopardo de las nieves por la sala y las luces se encienden y la música enlatada se hace con un lugar que, hasta hace sólo un segundo, parecía más un altar que un bar de copas.

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