Crónica // Local Natives / Moby Dick

local_natives
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Si el director de la escuela de los niños del coro se los hubiera llevado de excursión a Glastonbury y a Reading e incluso, por qué no, al FIB y al Primavera Sound, seguro que la mayoría de esos niños encantadores ahora estarían tirados en alguna cuneta, trabajando de camareros en pubs oscuros, pinchando en discotecas templos del garrafón o, incluso, escribiendo sobre música en cualquier blog de mala muerte. Pero unos pocos valientes de todos aquellos chavales, digamos cinco o seis chiquillos con talento (cinco), habrían montado un grupo de música y se llamarían Local Natives. Seguro.

Por eso, después de una más que digna actuación de Secret Society, salpicada por algún comentario entre tema y tema que no fue bien recibido por el respetable (si eres telonero no está bien visto criticar a la banda que teloneas), cuando veo salir a los Local Natives con su primer disco debajo del brazo, lo primero que pasa por mi cabeza es la serie “Cuéntame”. Y no sólo porque el guitarrista sea clavado a Antonio Alcántara, no. Sino porque las primeras notas que oigo también me desplazan a tiempos pasados. A tiempos en los que el folk (sea lo que sea eso) importaba.

Suenan bien, es agradable y placentero pero en seguida agarran bien fuerte la estabilidad que ellos mismos crean y la tiran al suelo y la pisotean. El guitarrista deja de ser guitarrista para ser cantante. El tipo que cantaba sólo se dedica a los teclados. El bajista intercambia su instrumento con otro guitarrista y todos hacen coros y todos doblan sus voces para revisar aquello que dejaron en el colegio. Así que si levantas la vista de tu cerveza y miras hacia adelante te encuentras con cuatro tipos en fila, los cuatro con un micro y los cuatro jugando con sus gargantas como Los Cazafantasmas jugaban con sus rayos de luz. Y detrás de ellos un batería más que resultón tiene que mantener toda esa arquitectura de voces con pinta de estar ya un poco harto de tanto coro, tantos dobles y triples estribillos superpuestos y tanta dulzura.

Y es que, más que músicos, estos chicos parecen ingenieros de luces iluminándote un despertar junto al amor de tu vida. Pero eso tiene su riesgo: abusar del juego de voces les da un punto soso. Aburrido. Como una carta de recomendación de Plácido Domingo que los chavales tratan de sacarse de encima a base de una ración extra de percusión y de unos crescendos que por empezar muy abajo terminan salvando un importante desnivel. Tanto que prácticamente son pistolas en la sien para que les prestes atención y no te despistes ni un segundo.

Y acabas saltando y amagando algún que otro baile y dando palmas y sonriendo. Y te sientes bien aunque sea tarde y tengas sueño y pienses que no es el concierto de tu vida pero que esta parece muy buena gente. Un poco demasiado modernos (si se me permite), pero buena gente. Y aunque la sospecha de estar viendo un grupo de perroflautas con talento se confirma cuando el grupo cuenta que acaban de llegar desde Roma en furgoneta y el del bigote de Guardia Civil reconoce haber vivido en Granada un año, no caben reparos. Son buenos. Y tienen pinta de llegar a ser mejores, si les respetan las lesiones y esas gargantas se mantienen al menos tan bien como desde su época del colegio a hoy.

Y si, ya sé que los chicos del coro eran franceses y Local Natives de California. Pero eso, ¿a quién le importa?

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