Crónica // Klaus & Kinski / Sala Heineken

klaus&kinski
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Puede ser un encuentro casual. Una melodía que se cuela dentro de ti, una voz tan blanda que endulza, que se clava como una chincheta de azúcar, que molesta tan levemente como un pellizco. Pero es suficiente. Por eso eres capaz de reclamar que repongan tu honor. Tú no estás para escuchar memeces de ese tipo. Y claro, de primeras te indignas y exiges un duelo a primera sangre. Amanece en la ciudad y desde lo alto de una colina te plantas ante Klaus & Kinski. Les miras detenidamente y sólo ves cuatro chavales de Murcia jugando a hacer canciones. “Tontipop” dirá alguno. Marina, la que pone la voz, no parece capaz de defenderse. Alex cambia tan compulsivamente de guitarras que ni siquiera sabe que se la está jugando, el bajista, Paco, se remanga el jersey y sonríe y Leandro, el teclista, silba mirando hacia otro lado mientras maneja las programaciones que hacen de batería. Parece muy fácil hacer sangre en ellos. Demasiado sencillo. Y lo es. Tocas una y otra vez con tu espada en su cuerpo lento y abultado. Tu honor está restaurado.

Pero cuando estás llegando a casa con el acero envainado en el cinturón, te das cuenta de que esos chicos tan sencillos y aparentemente débiles, esos chicos que parecían morir a cada palabra tuya, a cada crítica, ahora están tomando cañas, riendo, divertidos mientras tú sangras por dentro. Ellos no han tocado primero. No lo necesitaban. Ellos han tocado mejor.

Porque realmente tocan muy bien. El error, calculas mientras curas tus heridas tendido en el lecho, con “Tu hoguera está ardiendo” sonando de fondo, es medir el peligro por el tono de su voz. La adormecida voz de Marina. Klaus & Kinski se construye sobre las guitarras compulsivas de Alex Martínez. Un tipo que fabrica melodías pop sólidas como catedrales góticas. Que trata, acorde tras acorde, de arrancar toda la tontería que se pueda acumular a su alrededor. Y cuando dejas de escucharles esas melodías siguen corriéndo por dentro. Esos guitarrazos compulsivos pasean por tus venas con las manos a la espalda. Y cuando te das cuenta la sangre sale de tus orejas. Y también de las plantas de tus pies que se niegan a dejar de bailar.

Y mientras bailas alguna frase se hace audible. El murmullo suave y arrullador de Marina se va alineando hasta convertirse en palabras y lo que dice hace otra herida. Y la niña que parecía tonta le ha buscado la vuelta a tu conciencia. En tu cabeza se forman ideas que descomponen el cerebro más sano. Pasión juvenil tan irracional como la que sentía Franco por la mano incorrupta de Santa Teresa, un teléfono de la esperanza harto de escucharte que te invita al suicidio, o un bolero para describir una de las pasiones más deshumanizadas de la historia. Y así, a base de abrazos y adorables empujones te van llevando al borde del precipicio.

Y esto ya no es “tontipop”. O sí, eso les da exactamente igual. Da igual porque ahora estás herido de muerte. Infectado por el virus de Klaus & Kinski. Estúpidamente adictivos. Quemando su primer disco en casa, en el coche, durmiendo y contando las horas para poder escuchar el segundo. Que viene, por cierto, con toda una declaración de intenciones: “Tierra, trágalos”. Y volverás a perder. Volverás a caer ante el poder de los murcianos que se ríen de tus prejuicios. Y no hay manera de evitarlo.

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