Crónica // The Antlers / Sala Caracol

the_antlers_2
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Hay alguien que quiere abrir tus ventanas y llenar tu casa de bolas de colores. Son los mismos que están dispuestos a llevarte de la mano por un hospicio, un lugar al que quizá nosotros llamaríamos simple y fríamente “unidad de cuidados paliativos”. Pretenden que veas los pasillos, que aspires el olor a desinfectante y plástico de las habitaciones. Que les acompañes hasta una en particular. La habitación de una mujer. De su mujer. Y que veas cómo dentro de ella crece un oso salvaje que la devora día tras días. Que la convierte en una desconocida para el mundo. Que la aleja de ellos y así, también, de la vida.

Por supuesto ese oso se llama cáncer.

Sin embargo el equipo técnico revienta y pierden la magia, el hilo de la historia. El concierto se para durante quince minutos y la gente se despista.

Hay alguien que quiere contarte la vida de Sylvia Plath. Treinta años de días atormentados llenos de pasión, poesía y depresión. Treinta años de creatividad brutal, marcados por un éxito literario tan grande que cada resquicio de imperfección se convertía en un abismo. Treinta años de amor y dedicación a unos hijos a los que hacer el desayuno justo antes de meter la cabeza dentro del horno, abrir el gas y ver alejarse los problemas. O trasladándolos sólo. Porque ellos saben que cuando alguien se va, sus problemas recaen en la persona que más cerca ha estado de ellos. Por eso se niegan a dejar cerca de la cama de su mujer uno de los libros de Sylvia Plath. Por eso el hijo pequeño de la gran poetisa vivió solo, apartado en Alaska y se suicidó igual que su madre, comprobando la profundidad de su horno.

Pero algunos finales de canción se les escapan en difuminados. Demasiado ruido, demasiada pausa. Teclados, guitarra y batería no dejan de sonar cuando la mayoría comenzamos a perder la atención.

Aunque si te atrapan, si todo acompaña y consiguen alcanzarte y llevarte con ellos en su historia, The Antlers son uno de esos grupos capaces de hacerte cerrar los ojos, despegar varios metros del suelo y elevarte en una canción repleta de luces azules y verdes, rodeado de millones de respuestas que acaricias mientras ellos esperan que lentamente vayan llegando las preguntas.

Hay una banda neoyorkina que quiere contarte algo. Quiere que sepas que sólo le habla a su mujer cuando ella duerme, sedada, en la cama del hospital porque teme que su voz la enfade. Que ella ya sólo encuentra traidores en el lugar que ocupaban sus aliados. Ahora maldice y chilla, pero pese a todo ellos pasan cada segundo de sus vidas en el hospicio. Porque a veces, por un segundo, ella regresa a su lado, les sonríe y les toma de la mano. Y entonces se va despojando de todo lo que le queda: un anillo, una palabra… un suspiro.

Ellos sólo pretenden decirte que nunca se separaron de ella. Que seguían durmiendo a su lado, junto a su espalda, cuando tuvieron que firmar el epílogo. Cuando la vida a su alrededor dejó de ser hospicio para convertirse en morgue.

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