Crónica // The Horrors / Joy Eslava

The_Horrors_2
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Hay un momento, cuando están sonando los Horrors, que parece que algo se ha roto. Repasas el puñetero escenario con la mirada buscando alguna carrera, un pipa preocupado tratando de solucionar un grave problema, arreglar un cable, una cuerda, un micrófono… pero no. No amigo mío. Allí arriba no se acaba de romper nada. Lo que se ha roto está justo al otro lado. Dentro de tu cabeza. Porque todo lo que hay ahí arriba lleva tiempo bastante tocado.

Cuando vinieron por España con su primer disco debajo del brazo, la impresión de que algo se había roto era mucho más fuerte. Hace dos años, en la sala Moby Dick, en Madrid, esa impresión la tuvieron tanto los que fueron atendidos por el SAMUR en la puerta, como los que se quedaron con las ganas de ver el concierto entero. Les echaron después de destrozar el mobiliario.

Porque The Horrors tenían algo muy claro. No podían ser un grupo más. “Strange House” era una patada en la puerta y un grito: Sheena is a Parasite. Tarjeta de visita, mensaje de bienvenida y puñetazo en la cara todo en uno. Y un videoclip que dice: “buenos días, somos los Horrors, vamos siempre de negro, hacemos esto y estamos mal de la cabeza”. Pero detrás de la pose, las pintas y la excesiva oscuridad de esa extraña casa que fue su primer disco, ya se podían ver algunas sombras interesantes: concisos, contundentes y sobre todo, adictos a lo que se supone que son los tres primeros pasos del éxito: actitud, actitud y actitud.

El problema es que, después de esos tres pasos alguien se tiene que preocupar por caminar. Y los de Londres han tirado por lo más difícil. Decidieron encender una luz y buscarse las melodías más limpias que les quedaban en los bolsillos llenos de barro. Un barro modelado con la tierra que sale de las guitarras de Joshua Third, y de los pedales de distorsión que él mismo fabrica. Artesanos de la locura, deforman con su mirada de perturbados todo lo que está mal dentro de su cabeza para sacar algo capaz de tenernos a todos una hora con los sentidos alerta. Por si acaso.

Porque una cosa está clara, ya no son los de la Moby Dick. En la Joy Eslava apartaron cualquier objeto susceptible de ser destrozado, pero no hizo falta. Unos cuantos valiums antes de salir al escenario modulan la energía hasta dejarla en el término correcto que, por supuesto, no es el medio. Siguen destilando actitud y eso les mantiene a flote cuando el repertorio se queda corto. Cortísimo si no tuviera la fuerza que tiene. No más de una hora de concierto. Algo más de tres cuartos para repasar los cortes de su segundo disco, “Primary Colours” y diez minutos de locura en los que tuvieron tiempo de explotar cinco bombas de flequillo del primer álbum. Al estilo que se vio en la Moby Dick pero sin la intervención de ambulancias, gracias al cielo.

Al final lo único que cayó fue el telón, pero cuando lo hizo la sensación general era la de quien lo deja en el punto más alto, como el que se siente incapaz de estropear lo que ha llevado una trayectoria ascendente desde el principio. Desde que estos cinco chicos decidieron crear una banda. El próximo paso siempre es el mejor y las huellas dejadas sólo son lugares de los que avergonzarse.

O algo así.

La simple realidad es que ellos se quedaron felices y tranquilos y nosotros también. Saliendo por nuestro propio pie de una sala que todavía parecía un garaje.

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