Crónica // Yann Tiersen + Matt Elliot / La Riviera

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por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Entramos en La Riviera. Es pronto, la sala medio vacía. En el escenario, a oscuras, esperan varias guitarras, un bajo, la batería, teclados, sintetizadores, un xilófono, un banjo, un violín… Y en una esquina, envuelto en humo y oscuridad, rasga una guitarra Matt Elliott.

Lo reconozco, en ocasiones me interesan más los teloneros. No lo puedo evitar. A pesar de que sus conciertos sean cortos. De que nadie haga caso. Del insoportable murmullo de fondo. A Matt Elliott todo eso le da igual.

El 12 de agosto de 2000 el submarino nuclear ruso Kursk sufrió una explosión que lo mandó al fondo del helado mar de Barents. El accidente acabó casi instantáneamente con la vida de todos sus tripulantes. Sin embargo una veintena de hombres sobrevivieron seis días encerrados en una tumba de metal a más cien metros de profundidad. A oscuras, con una temperatura de cuatro grados, sin posibilidad de salir de allí, viendo subir lentamente el agua y sintiendo cómo se acababa el oxígeno. Cuando consiguieron llegar al submarino sólo encontraron cadáveres. Ese es el tipo de historia que inspira a alguien como Matt Elliott.

Comenzó haciendo electrónica, pero pronto lo abandonó todo por una guitarra y convirtió su música en un naufragio opresivo, minimalista. Y cuando toca en directo, todo lo que aprendió emerge a la superficie. Su música se convierte en un lienzo cubierto una y otra vez por capas de pintura. Grabando y reproduciendo su guitarra y sus gritos, tocando sobre su sonido y volviéndose a grabar, girando alrededor de sus propios coros. Incluso en algún tema, los ecos de su voz, ronca y grave como alta mar, hacían pensar, por un momento, que los fantasmas de los marineros del Kursk estaban en el escenario, cantando y tocando con él.

Después apareció Yann Tiersen pero Elliott se quedó para acompañarle a él y a su banda. Tocó la guitarra, cantó, y mantuvo intacto el ambiente de fondo del mar que había intentado crear sobre las conversaciones del público. Y aunque hubo algunos temas en los que parecía que a quien acompañaban todos era al de Bristol, pronto Tiersen se fue haciendo con el escenario. Porque pensar en Yann Tiersen es recitar despacio la palabra “virtuoso”. Un músico completo, original, un fabricante de estados de ánimo. Capaz de arrancarle una sonrisa a la mujer más dulce del mundo. Capaz de sorprender a la madre patria con la caída del muro de Berlín. Capaz de hacer llorar a toda Francia por la pérdida de uno de sus símbolos. Y aunque a pesar del clamor popular no tocó ni piano ni acordeón, dejó claro que guarda en sus bolsillos de tipo despistado las claves para conmover con un sinfín de instrumentos.

A medio camino entre el compositor clásico y la estrella de rock, Tiersen se pasó la noche sacando melodías limpias de su guitarra que ensuciaba con arte y oficio. Digno, solvente, agradable, a veces conformista. Sin embargo en un momento tiró de magia y consiguió lo que parecía imposible: callar al público.

La banda se hizo invisible y Tiersen tocó su violín. Tocó como si Paganini se hubiera disfrazado de Angus Young. Un vendaval de notas incesantes que se iban depositando sobre nuestras cabezas, captando toda la tención de la sala. Un torrente imparable de tristeza y melancolía. Incluso se podía escuchar el ruido de los taburetes al moverse, al fondo de la sala. Porque allí, a nuestra espalda, estaban sentados los fantasmas del Kursk. Con la mirada perdida, bebiendo ese vodka que nunca sacia la sed. Sufriendo aún su agonía, pero admirando que alguien sea capaz de rescatar, al menos, la belleza que guardaba su sufrimiento.

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