Crónica // Skunk Anansie / La Riviera

Skunk-Anansie
por Txemi Terroso
// Ilustración: Oscar Giménez

Me sobresaltó su voz. Como si un viento de rabia se hubiese levantado entre mi adolescencia y el mundo. No tenía más de dieciséis años y aquella era la voz del cambio. La que marcaba el camino que había que NO seguir. Aquella voz me acompañó en millones de viajes en metro, con un discman Phillips que no había Cristo que lo mantuviera sonando. Caminaba uno como un funambulista para que no saltara el lector. Y mientras tanto ella gritaba aquello de Little Baby Swastikkka y a mí se me ponían los pelos de punta al ver tanta “k” junta, tanta rebeldía modelada con manos de mujer, la bofetada que salía de la tarta.

Luego fue la imagen. Aquellas piernas largas y negras como noches de invierno. Y la cabeza pelada y la boca inmensa, deformada de tanto gritar. Y los ojos de quien te mira preguntándose “¿es que no has entendido absolutamente nada?”.

Aquellos londinenses maduraron conmigo. Cuando se pegaban a mi piel con Chalie Big Potato yo ya había aprendido que se pueden hacer medios tiempos como Secretly y seguir siendo un rebelde. Que un simple gesto puede decir mucho más que todo un concierto.

Skunk Anansie se disolvieron hace diez años, como mis ganas de cambiar el mundo. Ellos trataron de sacar adelante sus carreras musicales por separado y yo traté de no molestar demasiado a lo que mis compañeros de litros en el parque llamaban “el sistema”. Ahora suenan las trompetas de nuevo. Avisan: preparaos, la revolución aún está por llegar y todavía queda un plato de gelatina con alambres que tragar. Diez años después se han vuelto a reunir para sacar adelante un disco más (Smashes and Trashes), recopilatorio, con versiones y tres temas nuevos. Y uno se echa a temblar porque quizá toda aquella rabia metida a empujones y patadas en tres cedés inmaculados se ha esfumado. Quizá lo único que queda son las ganas de volver a figurar, de que se hable de ellos y tratar de rehacer unas carreras que cuando se separaron no terminaron nunca de despegar.

Así que el jueves pasado, en La Riviera, yo estaba, lo reconozco, con más miedo que ganas. Temiendo que mis dioses desafinaran como humanos. Pero no. No. Aquello que vi allá arriba, en el Olimpo que los escenarios guardan a unos pocos, no era un ser humano. Tardé tres canciones en darme cuenta de que había tres tipos más a su lado. Tres músicos como la copa de un pino rockero, por cierto. Y pese al sonido regulero que ofrece La Riviera había una sensación de éxtasis general. Como si estuviésemos escuchando a un predicador lisérgico y asustado. Reconozco que después de escuchar algún temazo como Cheap Honesty busqué, en la mochila que ya no tengo, el botón de “repeat” de mi Phillips. Reconozco que me sentí joven de nuevo y reconozco que Skin me infunde un aterrador respeto. Salté cuando pidió saltos, canté cuando ofrecía el micro al público, aplaudí cuando presentó a la banda y cuando habló de la tienda de camisetas me fui para allá con la cartera en la mano. Si hubiese pedido un riñón me lo habría arrancado con mis propias manos.

Hubo conexión. Entre ella y yo. Y quizá algo tuvieron que ver las 1.799 personas más que había allí. Pero por un instante, entre canción y canción, sus ojos volvieron a sus órbitas y sonrió como si se hubiese encendido un puñetero foco en su cara, iluminándonos a todos con millones de dientes y parecía una chica con algo especial que ofrecer. Nada más.

Quizá entre todos nos hayamos hecho mayores. Quizá no fuera la revolución que esperábamos, pero oye, fue un momento especial. Y eso ya es decir mucho.

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